miércoles, 19 de abril de 2017

Ella

—Señorita —le digo para llamar su atención desde el fondo de la sala, pero ella se hace la remolona, como si estuviera ausente desde hace varios siglos.
Detrás del ejemplar del libro, que desde mi posición alejada no alcanzo a ver el título, se encuentra ella, esa dama misteriosa. Oculta tras una avalancha de palabras y páginas. A cubierto. Oculta para esquivar las miradas vacías, tan desconocidas como el primer día, que le distraen del mundo, de su mundo, que le hieren si osan penetrar en sus sentimientos. Durante unos instantes, finjo reconocerla, pero sé que puede ser un sueño o una irresponsabilidad. O ambas cosas a la vez, Observo sus pies bajo el pupitre, dos bastones recubiertos de nudos, y no puedo imaginar un vergel que no haya conocido sus pisadas. Pies acostumbrados al trasiego, a las intrigas, a confundirse con la clase social que se alimenta de la carroña  ¡Tiene que ser ella! Lo digo para mis adentros, enmarañado por la duda que corroe al hombre inseguro.
—Señorita —insisto con voz más nítida, mientras me aproximo sin dejar de mirar sus manos depositadas sobre las tapas del libro, aferradas a él como si de un tesoro juvenil se tratara. Se asoma por encima de unas lentes antiguas. Me traspasa con sus ojos verdes, limpios, sinceros, sin decir nada. Y los regresa a la lectura. Su determinación frena mi impulso, me detiene en mitad del camino, no soy el mismo de hace unos segundos. Vuelvo a cubrirme de sombras que me hacen dudar. Llevo un buen rato intentando reconocer un rasgo que la identifique, una seña. Necesito un respiro, una reflexión. Parado en medio del pasillo, siento a los presentes como hojas de navaja afiladas. Docenas de pensamientos dirigidos hacia mí, que sólo soy un humilde bibliotecario recién llegado.
—Por favor, les recuerdo que cerraremos en media hora —pronuncio al auditorio como para salir del apuro. Una frase que me ayuda a alejar el fantasma del ridículo. Me acerco al ventanal que acoge los últimos rayos de sol del día. Ante mí se despereza la noche, venciendo la resistencia del astro rey. Las calles están repletas de transeúntes, hormiguitas que van de un sitio a otro con aparente determinación. Adivino sobre el horizonte la silueta de un ciprés alargado, tremendamente alargado, que ahora no es más que una figura ennegrecida. ¿Por qué me obsesiona tanto esa mujer? Me hago la misma pregunta cada mañana, al abrir la sala, a sabiendas de que ella aparecerá al cabo de unos minutos, siempre la primera, y ocupará el sitio de costumbre. Y se levantará para revisar las estanterías. Y cogerá un ejemplar para leer allí, en el sitio de siempre. Y permanecerá horas y horas inmersa en la lectura, abstraída para que nadie la perturbe. 
        ¿Tienen el libro ‘La viuda valenciana’?  —me sorprende el día clave.
        Ahora se lo busco, señorita —acierto a responder balbuceando.
Voy a la zona del Siglo de Oro y me coloco ante Lope de Vega, el autor solicitado. Veo Fuenteovejuna, El Caballero de Olmedo, El castigo sin venganza, La dama boba, Novelas a Marcia Leonarda. Ahí está: La viuda valenciana. Lo tengo. Se lo entrego y me fijo durante unos segundos en su rostro, que trato de descifrar. Mas no lo consigo. Tiene la mirada de la persona que protege entre desvelos sus amoríos. La obsesión me invade, como el monstruo que penetra en la mente de un esquizofrénico. Nunca me perdonaría no resolver el enigma.
“Tenía los ojos verdes, cejas y pestañas negras, y en cantidad, cabellos rizos y copiosos, boca que pone en cuidado los que la miran cuando ríe, manos blancas, gentileza de cuerpo, el don de la poesía, la voz divina, la pureza del hablar cortesano, toda la gracia de la danza y, por marido, un fiero Herodes”.
¿Y si fuera ella? ¿De verdad su vida está incrustada en los libros?  ¿Cuánto tiempo le queda sin percatarse de la ceguera? ¿Es consciente de que morirá joven y loca? ¿Loca de amor? Son preguntas que me abrasan.
—No se inquiete, Doña Marta de Nevares, desde hoy todo irá mejor —le digo con el ánimo encogido— Don Félix la ama hasta la locura.

“Y es la locura de mi amor tan fuerte, que pienso que lloró también la muerte”.