viernes, 17 de febrero de 2017

Adonis

Cuando Adonis nació, sus padres quedaron embelesados. Él no decía nada. Sólo un breve llanto alumbró su llegada a este mundo. Luego se hizo el silencio, un silencio permanente que no presagiaba venturas. Sin embargo, el niño estaba bien. El color de las mejillas, los estímulos a los cachetes, incluso los ojos, así lo atestiguaban. Adonis, en silencio, llegó en brazos de su madre a la que sería su casa. Luego vinieron las presentaciones. Los vecinos se turnaban para conocerlo y salían encantados de contemplar a un niño tan hermoso. Él no decía nada.
Transcurrido un mes, el bebé rompió a llorar y lo suyo fue un continuo berreo que mantuvo en vilo al pueblo entero durante semanas. Era un llanto monocorde, infinito, que se podía oír a varias manzanas. El vecindario, generoso, pasó por alto la cantinela del otrora niño silencioso. A la vez que lloraba, el bebé crecía. Sólo mientras comía calmaba su llanto. Adonis reclamaba el pecho con insistencia y su madre no daba abasto, así que recurrió a los biberones y de seguido a las papillas.  
Pasaron dos años y el niño se soltó a hablar. Con reparos, eso sí. Profería leves susurros, en su mayoría incomprensibles. Crecía sano y robusto, pues mantenía el buen apetito. Poco a poco el hogar se convirtió en un parlamento de dulces monólogos. Y eso atraía a más visitantes, que desfilaban por el lugar para admirar a Adonis, quien sumaba belleza y tamaño.
Por su décimo cumpleaños, los padres le regalaron una bicicleta. Le gustó tanto que, tras unas pequeñas pruebas por los alrededores, pronto amplió el radio de acción. Llevado por la curiosidad, Adonis recorría unas veces el malecón, otras subía a la montaña, otras se internaba en el bosque… otras atravesaba los pueblos cercanos. Quienes lo veían destacaban su porte, pues en verdad era un muchacho guapo a ojos de cualquier ser humano. Él no decía nada.
En el instituto enamoró a todas las muchachas, que le dejaban mensajes anónimos en el pupitre. Él callaba. Con todo, el amor se instaló en su corazón con la presencia de una alumna nueva, una chica de mirada pura y cabellos dorados. Hacían buena pareja. Enterados los padres, dieron su consentimiento. Juntos estudiaron y juntos se quisieron hasta concluir la enseñanza media. El salto a la universidad acabó con el romance. Adonis se matriculó en Filología Griega, ella eligió Económicas. La ruptura disgustó a los padres de Adonis, sobre todo a su madre, que imaginaba una nutrida descendencia del hombre más guapo del planeta.
Y sucedió que un día Adonis decidió conocer mundo, volar en busca de su sueño escondido... Ese día, el viento frío, apresado entre las nubes bajas y las laderas del valle, aullaba encendido y penetraba en el pueblo como un gigante dando puñetazos. Ese día, viéndole partir, los vecinos entornaron los ojos aguantando la pena, mientras las lágrimas pugnaban por brotar. Él no dijo nada. Se despidió en silencio.  Como desde niño.
La tristeza invadió el lugar, se hizo invierno. Y  así perduraba mes tras mes, sin permitir el paso a las demás estaciones. La madre de Adonis les había prometido que regresaría con el alba y traería consigo la primavera. Una promesa que les mantenía la esperanza.

Desde entonces, cada mañana, al sucumbir la oscuridad, todos se asoman a las ventanas para asistir al regreso de Adonis.

* Finalista del I Concurso de Relatos Yarning 2017

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