jueves, 6 de julio de 2017

Detalles

De cría, mi madre cuidaba hasta el mínimo detalle. Me despertaba a la hora en punto, tenía listos el desayuno y la mochila, y juntas salíamos hacia la estación. Por el camino me daba consejos —tenía un amplio surtido— y en el andén me asía fuerte cuando el cercanías paraba. Subíamos al tercer vagón y aunque fuera idéntico trayecto, disfrutaba del paisaje mil veces dibujado. Todo era hermoso tras la ventanilla. “Pronto dejaré de acompañarte”, me sorprendió una mañana. No la creí. Pero ese día llegó. Ahora viajo con Tunante, mi perro lazarillo, y no lo veo igual.


 * Finalista del XI Certamen de Relatos Breves 'El tren y el viaje'

martes, 13 de junio de 2017

Preguntas al viento

¿Dónde está? ¿Por qué me rehúye?, pregunté al Cierzo que todo lo abarca, desde el Pirineo hasta los cuatro valles dibujados por la Madre Naturaleza. ¿Dónde la encontraré?, insistí con la urgencia de satisfacer mi ignorancia.  Son soplos de gigante, soplidos que mueven los molinos eléctricos, son caminantes perdidos entre las nubes, me respondió. Mas yo no lo entendí.
¡Mira más allá, contempla el arco iris surgido en el horizonte, lánzate a volar sin miedo y déjate llevar por el Moncayo! Rugió. ¿Te lo imaginas? me dije a mí mismo reconfortado. Y entonces sí, entonces caí en la cuenta de que ella, mi amada, no ha huido, tan solo se esconde. Porque el viento la cubre con un manto enigmático y pasajero… hasta la próxima estación. Hasta que resurja el sonido del viento. 

Sudor frío

Me veo en mitad de la madrugada sobresaltado por un sonido de llaves, que me provoca un sudor frío atravesando todo mi cuerpo. Tardo unos segundos en advertir que me encuentro en el penal y que hoy es el día de la sentencia. Aún desconozco si será a garrote, horca, cuchillo o hacha. Tiemblo. Me acurruco sobre el catre, mientras los pasos se oyen cada vez más próximos. Acaban tras el portalón y pronto acompañaré a los carceleros ante el verdugo.

El amanecer me descubre el emplazamiento emblemático de la ejecución. Estoy en la Plaza Mayor, donde despierto del sueño.   
* Finalista del IX Concurso de Microrrelatos 'Vive la Plaza Mayor' 

miércoles, 19 de abril de 2017

Ella

—Señorita —le digo para llamar su atención desde el fondo de la sala, pero ella se hace la remolona, como si estuviera ausente desde hace varios siglos.
Detrás del ejemplar del libro, que desde mi posición alejada no alcanzo a ver el título, se encuentra ella, esa dama misteriosa. Oculta tras una avalancha de palabras y páginas. A cubierto. Oculta para esquivar las miradas vacías, tan desconocidas como el primer día, que le distraen del mundo, de su mundo, que le hieren si osan penetrar en sus sentimientos. Durante unos instantes, finjo reconocerla, pero sé que puede ser un sueño o una irresponsabilidad. O ambas cosas a la vez, Observo sus pies bajo el pupitre, dos bastones recubiertos de nudos, y no puedo imaginar un vergel que no haya conocido sus pisadas. Pies acostumbrados al trasiego, a las intrigas, a confundirse con la clase social que se alimenta de la carroña  ¡Tiene que ser ella! Lo digo para mis adentros, enmarañado por la duda que corroe al hombre inseguro.
—Señorita —insisto con voz más nítida, mientras me aproximo sin dejar de mirar sus manos depositadas sobre las tapas del libro, aferradas a él como si de un tesoro juvenil se tratara. Se asoma por encima de unas lentes antiguas. Me traspasa con sus ojos verdes, limpios, sinceros, sin decir nada. Y los regresa a la lectura. Su determinación frena mi impulso, me detiene en mitad del camino, no soy el mismo de hace unos segundos. Vuelvo a cubrirme de sombras que me hacen dudar. Llevo un buen rato intentando reconocer un rasgo que la identifique, una seña. Necesito un respiro, una reflexión. Parado en medio del pasillo, siento a los presentes como hojas de navaja afiladas. Docenas de pensamientos dirigidos hacia mí, que sólo soy un humilde bibliotecario recién llegado.
—Por favor, les recuerdo que cerraremos en media hora —pronuncio al auditorio como para salir del apuro. Una frase que me ayuda a alejar el fantasma del ridículo. Me acerco al ventanal que acoge los últimos rayos de sol del día. Ante mí se despereza la noche, venciendo la resistencia del astro rey. Las calles están repletas de transeúntes, hormiguitas que van de un sitio a otro con aparente determinación. Adivino sobre el horizonte la silueta de un ciprés alargado, tremendamente alargado, que ahora no es más que una figura ennegrecida. ¿Por qué me obsesiona tanto esa mujer? Me hago la misma pregunta cada mañana, al abrir la sala, a sabiendas de que ella aparecerá al cabo de unos minutos, siempre la primera, y ocupará el sitio de costumbre. Y se levantará para revisar las estanterías. Y cogerá un ejemplar para leer allí, en el sitio de siempre. Y permanecerá horas y horas inmersa en la lectura, abstraída para que nadie la perturbe. 
        ¿Tienen el libro ‘La viuda valenciana’?  —me sorprende el día clave.
        Ahora se lo busco, señorita —acierto a responder balbuceando.
Voy a la zona del Siglo de Oro y me coloco ante Lope de Vega, el autor solicitado. Veo Fuenteovejuna, El Caballero de Olmedo, El castigo sin venganza, La dama boba, Novelas a Marcia Leonarda. Ahí está: La viuda valenciana. Lo tengo. Se lo entrego y me fijo durante unos segundos en su rostro, que trato de descifrar. Mas no lo consigo. Tiene la mirada de la persona que protege entre desvelos sus amoríos. La obsesión me invade, como el monstruo que penetra en la mente de un esquizofrénico. Nunca me perdonaría no resolver el enigma.
“Tenía los ojos verdes, cejas y pestañas negras, y en cantidad, cabellos rizos y copiosos, boca que pone en cuidado los que la miran cuando ríe, manos blancas, gentileza de cuerpo, el don de la poesía, la voz divina, la pureza del hablar cortesano, toda la gracia de la danza y, por marido, un fiero Herodes”.
¿Y si fuera ella? ¿De verdad su vida está incrustada en los libros?  ¿Cuánto tiempo le queda sin percatarse de la ceguera? ¿Es consciente de que morirá joven y loca? ¿Loca de amor? Son preguntas que me abrasan.
—No se inquiete, Doña Marta de Nevares, desde hoy todo irá mejor —le digo con el ánimo encogido— Don Félix la ama hasta la locura.

“Y es la locura de mi amor tan fuerte, que pienso que lloró también la muerte”.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Bocanadas

Se dejaba caer en el mismo banco, como si todo el peso fuera a reposar allí para siempre. No había nadie más, nunca, en esa plaza mayor rodeada de soportales de color sepia. ¿O tal vez fuera en blanco y negro?
De vez en cuando se inclinaba hacia delante, en un gesto repetido, y miraba insistentemente al suelo. Luego retrocedía, depositaba las manos en los bolsillos del chaleco y removía los dedos haciendo chascar el aire. Sus ojos, entreabiertos, apenas dejaban una rendija en la que pudiera adentrarse luz por ellos.
Cuando el sol espejeaba las piedras centenarias del consistorio, sacaba al fin las manos de los bolsillos, liaba con especial esmero una papelina de tabaco y simulaba volutas de humo inexistentes.  Llenaba sus pulmones, sostenía el aliento durante unos segundos y expulsaba gozoso una cadena de bocanadas que acompañaba con la cabeza alta en su trayectoria hacia el cielo.

Así transcurría la mañana, entre efímeros dibujos. Hasta que el repiqueteo de las tripas le indicaba la hora de partir. Y el pueblo desaparecía hasta el día siguiente.

* Finalista en el II Concurso de Microrrelatos Hotel Montreal

viernes, 17 de febrero de 2017

Adonis

Cuando Adonis nació, sus padres quedaron embelesados. Él no decía nada. Sólo un breve llanto alumbró su llegada a este mundo. Luego se hizo el silencio, un silencio permanente que no presagiaba venturas. Sin embargo, el niño estaba bien. El color de las mejillas, los estímulos a los cachetes, incluso los ojos, así lo atestiguaban. Adonis, en silencio, llegó en brazos de su madre a la que sería su casa. Luego vinieron las presentaciones. Los vecinos se turnaban para conocerlo y salían encantados de contemplar a un niño tan hermoso. Él no decía nada.
Transcurrido un mes, el bebé rompió a llorar y lo suyo fue un continuo berreo que mantuvo en vilo al pueblo entero durante semanas. Era un llanto monocorde, infinito, que se podía oír a varias manzanas. El vecindario, generoso, pasó por alto la cantinela del otrora niño silencioso. A la vez que lloraba, el bebé crecía. Sólo mientras comía calmaba su llanto. Adonis reclamaba el pecho con insistencia y su madre no daba abasto, así que recurrió a los biberones y de seguido a las papillas.  
Pasaron dos años y el niño se soltó a hablar. Con reparos, eso sí. Profería leves susurros, en su mayoría incomprensibles. Crecía sano y robusto, pues mantenía el buen apetito. Poco a poco el hogar se convirtió en un parlamento de dulces monólogos. Y eso atraía a más visitantes, que desfilaban por el lugar para admirar a Adonis, quien sumaba belleza y tamaño.
Por su décimo cumpleaños, los padres le regalaron una bicicleta. Le gustó tanto que, tras unas pequeñas pruebas por los alrededores, pronto amplió el radio de acción. Llevado por la curiosidad, Adonis recorría unas veces el malecón, otras subía a la montaña, otras se internaba en el bosque… otras atravesaba los pueblos cercanos. Quienes lo veían destacaban su porte, pues en verdad era un muchacho guapo a ojos de cualquier ser humano. Él no decía nada.
En el instituto enamoró a todas las muchachas, que le dejaban mensajes anónimos en el pupitre. Él callaba. Con todo, el amor se instaló en su corazón con la presencia de una alumna nueva, una chica de mirada pura y cabellos dorados. Hacían buena pareja. Enterados los padres, dieron su consentimiento. Juntos estudiaron y juntos se quisieron hasta concluir la enseñanza media. El salto a la universidad acabó con el romance. Adonis se matriculó en Filología Griega, ella eligió Económicas. La ruptura disgustó a los padres de Adonis, sobre todo a su madre, que imaginaba una nutrida descendencia del hombre más guapo del planeta.
Y sucedió que un día Adonis decidió conocer mundo, volar en busca de su sueño escondido... Ese día, el viento frío, apresado entre las nubes bajas y las laderas del valle, aullaba encendido y penetraba en el pueblo como un gigante dando puñetazos. Ese día, viéndole partir, los vecinos entornaron los ojos aguantando la pena, mientras las lágrimas pugnaban por brotar. Él no dijo nada. Se despidió en silencio.  Como desde niño.
La tristeza invadió el lugar, se hizo invierno. Y  así perduraba mes tras mes, sin permitir el paso a las demás estaciones. La madre de Adonis les había prometido que regresaría con el alba y traería consigo la primavera. Una promesa que les mantenía la esperanza.

Desde entonces, cada mañana, al sucumbir la oscuridad, todos se asoman a las ventanas para asistir al regreso de Adonis.

* Finalista del I Concurso de Relatos Yarning 2017

jueves, 5 de enero de 2017

Él

Era una persona distraída, soñadora y algo orgullosa, aunque complaciente.
Su madre se lo reprochaba a menudo: “Siempre estás en las nubes”.
Su padre se indignaba con relativa frecuencia: “Vives en tu nube”.
Su hermana mayor le aconsejaba de vez en cuando: “Baja ya de la nube, muchacho”.
A su hermano pequeño le encantaban los dulces: “Cómprame unas nubes, porfa”.
Un día, el chico desapareció y ahora su familia clama al cielo.


(Inspirado en la fotografía ‘En la nube’)

* 3º Premio del IX Concurso de Microrrelatos Sol Cultural 2016