miércoles, 8 de noviembre de 2017

En tránsito

El hombre del ataúd se levantó de improviso y reclamó un trago del mejor mezcal. Aunque sorprendidos, los familiares accedieron raudos a su deseo. La viuda, de riguroso luto, no dejaba entre tanto de gimotear, rodeada por las plañideras. Tras apurar la copa, el difunto suspiró, aguardó unos segundos y se soltó la lengua, así que comenzó a hablar con acreditada sapiencia:
    ¡Ay, mi México lindo! Cómo adoro saborear cada una de estas gotas de mezcal, cual si fueran el alivio del sediento. En verdad, me embriago con cada una de sus perlas, que se asemejan a lágrimas de Batavia. ¡Cómo renunciar, no más, a tan deliciosa ambrosía que me concede la vida! Sabed que este brebaje de mis pecados me transporta a un mundo celestial, placentero, eterno…
   Dicho lo cual, se reclinó de nuevo en el féretro, cerró los ojos y se le dio por muerto.

martes, 26 de septiembre de 2017

El tío Facundo

Desde que nací, hace ya tres décadas, vivo en un barrio en el que suceden cosas, algunas de ellas ordinarias y otras diría yo que extraordinarias, y donde es un privilegio ser testigo directo. Por eso me agrada transitar por sus calles y empaparme de sus historias. Somos como un pueblo, donde los vecinos siempre están predispuestos a pasarse las horas frente a ti con tal de que les prestes oídos. Será porque les gusta sentirse importantes, sea verdad o mentira lo que cuenten. Claro que también hay medias verdades y medias mentiras. Hoy les hablaré de uno de ellos, de un vecino singular, que no es otro que el tío Facundo, con el que los chavales —siempre crueles— gastaban guasa tras hacerse famoso el anuncio de las pipas Facundo. Al tío Facundo poca gracia le hacía, pero encajaba las bromas con especial salero. Ya jubilado, gustaba de andar el hombre solo por el barrio, ensimismado como un filósofo en busca de una nueva teoría. Frisaba los setenta y cinco años y aún con todo representaba menos edad que los colegas de su generación que paraban por la peña. Al tío Facundo, sepan ustedes, lo considero un viejete simpático, soñador y fabulista, que se arrancaba sin freno después del segundo anís y era capaz de restregarte hasta el mínimo detalle las cinco copas de Europa del Real Madrid, las primeras, claro.  Eso sí, con abundantes dosis de imaginación. Nadie discutía con él esos episodios irreales que relataba con castiza verborrea, ni siquiera el tío Antonio, un atlético confeso y su enemigo declarado. Los dos formaban parte de la Peña Los Pegaso, cuya sede social radica aún en el bar Casa Pepe. Allí, cada tarde se retaban los carrozas alrededor de un tapete verde y una baraja de naipes o 28 fichas de dominó. Las horas pasaban lentas para estos personajes, un club de ancianos que se dejaron la vista y más de media vida en la fábrica más famosa de camiones del Madrid del siglo pasado. Lo triste es que hayan ido menguando, conforme el tiempo cobra su inexorable factura.
“Necesito desaprender”, dijo un día el tío Facundo alegando sobrepeso en la cabeza. “Tengo la chaveta hasta los topes”, repitió a cuantos le pedían una razón de fundamento. Aunque pocos le creyeron, incluyéndome yo, el caso es que abandonó las charlas vespertinas y se refugió en una afición hasta entonces desacostumbrada. Y es que el tío Facundo se matriculó en el taller de costura de Doña Olga. “Para distraer la mente”, explicó a sus íntimos. Yo más creo que se trataba de otra manera de aprender. Viudo y con un hijo en Bilbao, del que poco se sabía, al tío Facundo le atrajo fundamentalmente la necesidad de reparar las prendas de su exiguo armario, consistentes, a grosso modo, básicamente en tres o cuatro camisas, un par de chaquetas y dos o tres pantalones pasados de moda. Tal vez algún traje también. La noticia, por excepcional, corrió como reguero de pólvora por el barrio y despertó la insana curiosidad de muchos vecinos, que acudieron a comprobarlo. Pocos eran los días en los que no menos de una docena de personas se dejaban caer por los alrededores del taller para comprobar en vivo la nueva dedicación del tío Facundo. Situaba Doña Olga a sus alumnas, las mujeres, tras una amplia cristalera, visible desde el exterior, y en lugar preferente se colocaba a su vez el jubilado, ajeno al bullicio del exterior. Aplicado a sus labores, resultó ser un aprendiz discreto, al que los muchos años y los temblores de manos dificultaron la tarea, es decir, no daba puntadas con hilo, visto lo cual él mismo desistió de proseguir en el corte y confección al cabo de un par de semanas. Doña Olga se llevó un soponcio, pues le había tomado cariño al viejo, del que apreciaba su fuerza de voluntad, aunque ésta estuviera reñida con la eficacia. Para ella suponía un prestigio contar entre el alumnado a una persona de avanzada edad y tan tenaz como el tío Facundo. Sin él, el taller de Doña Olga recobró la rutina de antaño, con las señoras del barrio otra vez como únicas alumnas, por más que la dueña intentara captar a más hombres con ofertas de rebaja de matrícula.
El tío Facundo volvió a Los Pegaso con renovados bríos y más historietas que desbrozar, como si en el intervalo transcurrido se hubiera nutrido de ellas en algún bazar de cuentos al por mayor. Los colegas, salvo el tío Antonio, le recibieron encantados, ansiosos por oír de sus labios algunas de las aventuras más insólitas jamás descritas. Poco importaba la veracidad si contribuían al entretenimiento. Una tarde de canícula infernal de julio pasaba yo por su calle cuando coincidió que salía del portal. “Eh, tío Facundo, qué andas tramando”, le grité con una amplia sonrisa.  Me la devolvió y me dijo: “Venga, chaval, vente a Casa Pepe y charlamos, que me apetece”. El lugar estaba fresquito —los ventiladores funcionaban a pleno pulmón— y ocupamos una de las mesas del fondo. Paco, el dueño, nos saludó al entrar desde la barra. Paco es un encanto, a diferencia de Pepe, el anterior propietario, un tipo antipático y agarrado. Un mal bicho que en buena hora nos dejó en paz. A Paco le pregunto a diario por qué no cambió el nombre del bar y él siempre me contesta, con exquisita educación, que “por no hacerle un feo a Pepe. Además, a mí qué más me daba”. Pedimos dos cafés y un par de anises, a los que Paco añadió unas pastas para acompañar la velada. A los pocos minutos, el tío Facundo y yo nos pegábamos unas risas tratando de descifrar cuestiones intrascendentes como el color de ojos de Isabel Pantoja o si era mejor humorista Gila que Arévalo. Los vapores alcohólicos empezaban a surtirnos efecto a ambos. Le pregunté por su hijo y eludió la respuesta, no sé si por inoportuna o dejación. No insistí. “¿Le gusta la vida que lleva, Facundo?”, me salió del alma. Sospecho que mi intención era hurgar en su mundo interior. Tal vez me sobrepasé. Pero es que el cuarto anís me ayudaba a ser impertinente. “Por supuesto, muchacho, ¿acaso no lo parece?”, respondió con firmeza. “¿Sabes? —se irguió sobre la silla— yo he visto la muerte de cerca, tan de cerca que la muy zorra, a un palmo de los ojos, me exigía el último aliento. Pero no lo hice. Me negué en redondo, tumbado como estaba en el catre y con el pijama dispuesto para dormir.  Y ahora disfruto con esta prórroga que me he ganado. ¡Por supuesto que me la he ganado! Y que me espere sentada la tía de la guadaña, válgame el cielo”. Mudo quedé ante aquella confesión repentina, a la que puso el colofón: “Tengo tantas cosas que hacer aún, que ojalá el día tuviera 25 horas”. El sol del atardecer culebreaba entre sus arrugas y daba movimiento a unas venas inflamadas. Sentado frente a mí, quizá ebrio, acababa de desnudar sus sentimientos. Luego me miró a los ojos con dulzura y esbozó una leve mueca de aprobación.

Al día siguiente, el tío Facundo apareció montado en una bicicleta Orbea del año catapún, recién engrasada eso sí, paseándose por las calles del barrio con el orgullo asomándole por debajo del casco. Había incorporado al vetusto vehículo un cesto de metal en su parte delantera, donde colocó un transistor de antigüedad casi pareja a la del dueño, un aparato rectangular que abarcaba todo el habitáculo. De él surgía la música de Cadena Dial, que podía oírse a corta, media y hasta larga distancia, tal era su volumen,  lo que atrapó las miradas del vecindario y personas de paso, y provocó un chaparrón de risas. El tío Facundo, vestido con un chándal azul fechado en los Juegos Olímpicos de Múnich y un casco verde fosforito, pedaleaba sin fijarse en nada ni nadie, como si el horizonte fuera su línea de meta. Avanzaba derecho, pinturero, emulando a alguno de sus ídolos: Bahamontes, Julio Jiménez, quizá Luis Ocaña...  Es verdad que nunca se olvida, pero apostaría a que habrían transcurrido al menos treinta años desde su última etapa. Porque yo nunca le vi hacerlo. Así empezó a devorar kilómetros y matinales, dando vueltas alrededor de un mundo conocido pero distinto desde su sillín. Por mis sienes creció un sentimiento de afecto que se repartía por el resto del cuerpo. Lo juro. Su imagen desplazándose por las calles, con el viento traspasando su cabello cano, su barba descuidada y su rostro enjuto, pudo verse durante varias semanas. Perseverante, metódico y pausado, era obligado acudir a su encuentro, saludarle y aplaudir su gesta. Primero se convirtió en un icono del barrio, a continuación en un mito. Y el mito se hizo leyenda el día que le vimos abandonar las calles de asfalto, levantar los brazos no sé si en señal de saludo o de despedida, y perderse por el pavés y los senderos de tierra. Lo último que recuerdo fue que en la radio, en su vieja radio, sonaba ‘Libre’, de Nino Bravo.
En mi barrio suceden cosas, algunas de ellas ordinarias.
* Finalista en el XII Certamen de Relato Breve José Luis Gallego (Una mirada de barrio)



miércoles, 23 de agosto de 2017

Desde el paraíso

Durante meses disfrutamos de las aguas del Mediterráneo. Fue una época feliz, como unas vacaciones de verano perfectas. Todo era amor y armonía entre nosotras. Ajenas a todo, nos zambullíamos en el tranquilo Mar Menor y gozábamos día y noche. Aquello era el paraíso y por nada del mundo lo hubiéramos cambiado. Pero llegó el momento del adiós y en contra de nuestra voluntad abandonamos el lugar. Ignorantes de nuestro destino, confiábamos en otra estancia segura, abiertas a nuevas sensaciones. El traslado, aunque corto, fue gélido e incómodo. Precavida, opté por no abrir la boca. Poco a poco, la situación se hizo angustiosa, nos asfixiábamos. Fue el hombre del gorro alto y delantal quien, al cabo, despejó mis dudas. Después de lavarnos, nos colocó sobre una cama blanca y nos cubrió al completo con otra manta del mismo color, hecha de cristales pequeñitos. Luego nos introdujo en un sitio oscuro, donde el calor era sofocante. No presagiaba nada bueno. Entonces le oí decir: “Las doradas a la sal ya están en el horno”. Intuí que sería mi último verano.  
#AmoresDeVerano
   

lunes, 21 de agosto de 2017

Escaparate

Recuerdo el reflejo de su silueta a través del escaparate. Su cuerpo esbelto, como esculpido por un artista del Renacimiento. Su melena cobriza desparramada por el cuello, larga como un ciprés, armoniosa como la brisa del mar en una tarde de estío. Los ojos azules, enormes, invitando a admirarlos aun a riesgo de perderte en sus profundidades. Día tras día, me inventaba cualquier excusa para contemplarla. Y allí mismo, frente a la tienda, echaba a volar la imaginación, me dejaba ir y dibujaba escenas imborrables a su lado.
 Recorría sus turgentes pechos con mis dedos temblorosos, sintiendo en sus pezones la excitación del adolescente primerizo. Me sumergía entre sus muslos de piel canela y percibía la humedad que abarrotaba de deseo nuestros cuerpos destinados al amor. Su aroma penetraba en mí con la intensidad de un romance de quinceañeros. Acariciaba sus caderas una y otra vez, en busca del tesoro que recompensara mis desvelos. Era una relación tan apasionada que traspasaba los albores de la realidad.
Solo cuando aquel tipo desnudó a esa maravilla de la naturaleza caí en la certeza de mi calenturienta personalidad y, sobre todo, de que para el maniquí de mis sueños concluía la temporada primavera-verano.
#AmoresDeVerano

jueves, 6 de julio de 2017

Detalles

De cría, mi madre cuidaba hasta el mínimo detalle. Me despertaba a la hora en punto, tenía listos el desayuno y la mochila, y juntas salíamos hacia la estación. Por el camino me daba consejos —tenía un amplio surtido— y en el andén me asía fuerte cuando el cercanías paraba. Subíamos al tercer vagón y aunque fuera idéntico trayecto, disfrutaba del paisaje mil veces dibujado. Todo era hermoso tras la ventanilla. “Pronto dejaré de acompañarte”, me sorprendió una mañana. No la creí. Pero ese día llegó. Ahora viajo con Tunante, mi perro lazarillo, y no lo veo igual.


 * Finalista del XI Certamen de Relatos Breves 'El tren y el viaje'

martes, 13 de junio de 2017

Preguntas al viento

¿Dónde está? ¿Por qué me rehúye?, pregunté al Cierzo que todo lo abarca, desde el Pirineo hasta los cuatro valles dibujados por la Madre Naturaleza. ¿Dónde la encontraré?, insistí con la urgencia de satisfacer mi ignorancia.  Son soplos de gigante, soplidos que mueven los molinos eléctricos, son caminantes perdidos entre las nubes, me respondió. Mas yo no lo entendí.
¡Mira más allá, contempla el arco iris surgido en el horizonte, lánzate a volar sin miedo y déjate llevar por el Moncayo! Rugió. ¿Te lo imaginas? me dije a mí mismo reconfortado. Y entonces sí, entonces caí en la cuenta de que ella, mi amada, no ha huido, tan solo se esconde. Porque el viento la cubre con un manto enigmático y pasajero… hasta la próxima estación. Hasta que resurja el sonido del viento. 

Sudor frío

Me veo en mitad de la madrugada sobresaltado por un sonido de llaves, que me provoca un sudor frío atravesando todo mi cuerpo. Tardo unos segundos en advertir que me encuentro en el penal y que hoy es el día de la sentencia. Aún desconozco si será a garrote, horca, cuchillo o hacha. Tiemblo. Me acurruco sobre el catre, mientras los pasos se oyen cada vez más próximos. Acaban tras el portalón y pronto acompañaré a los carceleros ante el verdugo.

El amanecer me descubre el emplazamiento emblemático de la ejecución. Estoy en la Plaza Mayor, donde despierto del sueño.   
* Finalista del IX Concurso de Microrrelatos 'Vive la Plaza Mayor' 

miércoles, 19 de abril de 2017

Ella

—Señorita —le digo para llamar su atención desde el fondo de la sala, pero ella se hace la remolona, como si estuviera ausente desde hace varios siglos.
Detrás del ejemplar del libro, que desde mi posición alejada no alcanzo a ver el título, se encuentra ella, esa dama misteriosa. Oculta tras una avalancha de palabras y páginas. A cubierto. Oculta para esquivar las miradas vacías, tan desconocidas como el primer día, que le distraen del mundo, de su mundo, que le hieren si osan penetrar en sus sentimientos. Durante unos instantes, finjo reconocerla, pero sé que puede ser un sueño o una irresponsabilidad. O ambas cosas a la vez, Observo sus pies bajo el pupitre, dos bastones recubiertos de nudos, y no puedo imaginar un vergel que no haya conocido sus pisadas. Pies acostumbrados al trasiego, a las intrigas, a confundirse con la clase social que se alimenta de la carroña  ¡Tiene que ser ella! Lo digo para mis adentros, enmarañado por la duda que corroe al hombre inseguro.
—Señorita —insisto con voz más nítida, mientras me aproximo sin dejar de mirar sus manos depositadas sobre las tapas del libro, aferradas a él como si de un tesoro juvenil se tratara. Se asoma por encima de unas lentes antiguas. Me traspasa con sus ojos verdes, limpios, sinceros, sin decir nada. Y los regresa a la lectura. Su determinación frena mi impulso, me detiene en mitad del camino, no soy el mismo de hace unos segundos. Vuelvo a cubrirme de sombras que me hacen dudar. Llevo un buen rato intentando reconocer un rasgo que la identifique, una seña. Necesito un respiro, una reflexión. Parado en medio del pasillo, siento a los presentes como hojas de navaja afiladas. Docenas de pensamientos dirigidos hacia mí, que sólo soy un humilde bibliotecario recién llegado.
—Por favor, les recuerdo que cerraremos en media hora —pronuncio al auditorio como para salir del apuro. Una frase que me ayuda a alejar el fantasma del ridículo. Me acerco al ventanal que acoge los últimos rayos de sol del día. Ante mí se despereza la noche, venciendo la resistencia del astro rey. Las calles están repletas de transeúntes, hormiguitas que van de un sitio a otro con aparente determinación. Adivino sobre el horizonte la silueta de un ciprés alargado, tremendamente alargado, que ahora no es más que una figura ennegrecida. ¿Por qué me obsesiona tanto esa mujer? Me hago la misma pregunta cada mañana, al abrir la sala, a sabiendas de que ella aparecerá al cabo de unos minutos, siempre la primera, y ocupará el sitio de costumbre. Y se levantará para revisar las estanterías. Y cogerá un ejemplar para leer allí, en el sitio de siempre. Y permanecerá horas y horas inmersa en la lectura, abstraída para que nadie la perturbe. 
        ¿Tienen el libro ‘La viuda valenciana’?  —me sorprende el día clave.
        Ahora se lo busco, señorita —acierto a responder balbuceando.
Voy a la zona del Siglo de Oro y me coloco ante Lope de Vega, el autor solicitado. Veo Fuenteovejuna, El Caballero de Olmedo, El castigo sin venganza, La dama boba, Novelas a Marcia Leonarda. Ahí está: La viuda valenciana. Lo tengo. Se lo entrego y me fijo durante unos segundos en su rostro, que trato de descifrar. Mas no lo consigo. Tiene la mirada de la persona que protege entre desvelos sus amoríos. La obsesión me invade, como el monstruo que penetra en la mente de un esquizofrénico. Nunca me perdonaría no resolver el enigma.
“Tenía los ojos verdes, cejas y pestañas negras, y en cantidad, cabellos rizos y copiosos, boca que pone en cuidado los que la miran cuando ríe, manos blancas, gentileza de cuerpo, el don de la poesía, la voz divina, la pureza del hablar cortesano, toda la gracia de la danza y, por marido, un fiero Herodes”.
¿Y si fuera ella? ¿De verdad su vida está incrustada en los libros?  ¿Cuánto tiempo le queda sin percatarse de la ceguera? ¿Es consciente de que morirá joven y loca? ¿Loca de amor? Son preguntas que me abrasan.
—No se inquiete, Doña Marta de Nevares, desde hoy todo irá mejor —le digo con el ánimo encogido— Don Félix la ama hasta la locura.

“Y es la locura de mi amor tan fuerte, que pienso que lloró también la muerte”.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Bocanadas

Se dejaba caer en el mismo banco, como si todo el peso fuera a reposar allí para siempre. No había nadie más, nunca, en esa plaza mayor rodeada de soportales de color sepia. ¿O tal vez fuera en blanco y negro?
De vez en cuando se inclinaba hacia delante, en un gesto repetido, y miraba insistentemente al suelo. Luego retrocedía, depositaba las manos en los bolsillos del chaleco y removía los dedos haciendo chascar el aire. Sus ojos, entreabiertos, apenas dejaban una rendija en la que pudiera adentrarse luz por ellos.
Cuando el sol espejeaba las piedras centenarias del consistorio, sacaba al fin las manos de los bolsillos, liaba con especial esmero una papelina de tabaco y simulaba volutas de humo inexistentes.  Llenaba sus pulmones, sostenía el aliento durante unos segundos y expulsaba gozoso una cadena de bocanadas que acompañaba con la cabeza alta en su trayectoria hacia el cielo.

Así transcurría la mañana, entre efímeros dibujos. Hasta que el repiqueteo de las tripas le indicaba la hora de partir. Y el pueblo desaparecía hasta el día siguiente.

* Finalista en el II Concurso de Microrrelatos Hotel Montreal

viernes, 17 de febrero de 2017

Adonis

Cuando Adonis nació, sus padres quedaron embelesados. Él no decía nada. Sólo un breve llanto alumbró su llegada a este mundo. Luego se hizo el silencio, un silencio permanente que no presagiaba venturas. Sin embargo, el niño estaba bien. El color de las mejillas, los estímulos a los cachetes, incluso los ojos, así lo atestiguaban. Adonis, en silencio, llegó en brazos de su madre a la que sería su casa. Luego vinieron las presentaciones. Los vecinos se turnaban para conocerlo y salían encantados de contemplar a un niño tan hermoso. Él no decía nada.
Transcurrido un mes, el bebé rompió a llorar y lo suyo fue un continuo berreo que mantuvo en vilo al pueblo entero durante semanas. Era un llanto monocorde, infinito, que se podía oír a varias manzanas. El vecindario, generoso, pasó por alto la cantinela del otrora niño silencioso. A la vez que lloraba, el bebé crecía. Sólo mientras comía calmaba su llanto. Adonis reclamaba el pecho con insistencia y su madre no daba abasto, así que recurrió a los biberones y de seguido a las papillas.  
Pasaron dos años y el niño se soltó a hablar. Con reparos, eso sí. Profería leves susurros, en su mayoría incomprensibles. Crecía sano y robusto, pues mantenía el buen apetito. Poco a poco el hogar se convirtió en un parlamento de dulces monólogos. Y eso atraía a más visitantes, que desfilaban por el lugar para admirar a Adonis, quien sumaba belleza y tamaño.
Por su décimo cumpleaños, los padres le regalaron una bicicleta. Le gustó tanto que, tras unas pequeñas pruebas por los alrededores, pronto amplió el radio de acción. Llevado por la curiosidad, Adonis recorría unas veces el malecón, otras subía a la montaña, otras se internaba en el bosque… otras atravesaba los pueblos cercanos. Quienes lo veían destacaban su porte, pues en verdad era un muchacho guapo a ojos de cualquier ser humano. Él no decía nada.
En el instituto enamoró a todas las muchachas, que le dejaban mensajes anónimos en el pupitre. Él callaba. Con todo, el amor se instaló en su corazón con la presencia de una alumna nueva, una chica de mirada pura y cabellos dorados. Hacían buena pareja. Enterados los padres, dieron su consentimiento. Juntos estudiaron y juntos se quisieron hasta concluir la enseñanza media. El salto a la universidad acabó con el romance. Adonis se matriculó en Filología Griega, ella eligió Económicas. La ruptura disgustó a los padres de Adonis, sobre todo a su madre, que imaginaba una nutrida descendencia del hombre más guapo del planeta.
Y sucedió que un día Adonis decidió conocer mundo, volar en busca de su sueño escondido... Ese día, el viento frío, apresado entre las nubes bajas y las laderas del valle, aullaba encendido y penetraba en el pueblo como un gigante dando puñetazos. Ese día, viéndole partir, los vecinos entornaron los ojos aguantando la pena, mientras las lágrimas pugnaban por brotar. Él no dijo nada. Se despidió en silencio.  Como desde niño.
La tristeza invadió el lugar, se hizo invierno. Y  así perduraba mes tras mes, sin permitir el paso a las demás estaciones. La madre de Adonis les había prometido que regresaría con el alba y traería consigo la primavera. Una promesa que les mantenía la esperanza.

Desde entonces, cada mañana, al sucumbir la oscuridad, todos se asoman a las ventanas para asistir al regreso de Adonis.

* Finalista del I Concurso de Relatos Yarning 2017

jueves, 5 de enero de 2017

Él

Era una persona distraída, soñadora y algo orgullosa, aunque complaciente.
Su madre se lo reprochaba a menudo: “Siempre estás en las nubes”.
Su padre se indignaba con relativa frecuencia: “Vives en tu nube”.
Su hermana mayor le aconsejaba de vez en cuando: “Baja ya de la nube, muchacho”.
A su hermano pequeño le encantaban los dulces: “Cómprame unas nubes, porfa”.
Un día, el chico desapareció y ahora su familia clama al cielo.


(Inspirado en la fotografía ‘En la nube’)

* 3º Premio del IX Concurso de Microrrelatos Sol Cultural 2016