jueves, 26 de junio de 2014

Nadal sale a tiempo del túnel



Nadal ahuyenta los fantasmas, se sacude la presión, olvida el pasado, un pasado amargo que reposa en el limbo. Está ahí, sobre la Central, celebrando una nueva victoria, el pase a la tercera ronda de Wimbledon, un torneo que ha conquistado dos veces, pero que de dos años acá se había convertido en una pesadilla. Rafa se deshace de un viejo conocido, Lukas Rosol, el checo que le tumba en julio de 2012 y obliga al mallorquín a un exilio de siete meses. A un calvario para rehabilitar una rodilla izquierda maltrecha, para restañar las heridas, para sentirse de nuevo competidor. Han pasado 24 meses y el mundo se ve de otra forma.
Nadal es el número 1 del ranking, puesto que retoma en un 2013 de ensueño, con la única sombra de este torneo londinense. La hierba que se le atraganta. La derrota ante Darcis, un año atrás, en otro Wimbledon al que llega exhausto y mal preparado. Sin la actitud correcta. Ahora toca sonreír, disfrutar después del esfuerzo, del trabajo bien hecho, de un triunfo labrado a base de cicatrices. Nadal vence a Rosol por 4-6,7-6, 6-4,6-4 después de 2 horas y 44 minutos y eleva los brazos al cielo. Grita, jalea, aplaude. Como su tío Toni, al que se ve más nervioso y gesticulante que nunca durante el partido. Todo por las ganas enormes de sacarse una espina clavada en esa rodilla que le trae a mal traer desde siempre.
Y lo consigue, aunque no es fácil. Rafa necesita cuatro sets para despachar al checo, un bigardo de casi dos metros que juega como los ángeles durante set y medio y pone al borde del abismo al español. Nadal es un muñeco en manos de este gigante, un tenista que abusa del rival lanzando misiles desde el saque. Rosol es una máquina de matar desde el inicio. Tira y tira sin parar. Estacazo tras estacazo, con la precisión de un cirujano. Le entran todos los disparos y no da ninguna opción.
Rafa aguanta hasta el noveno juego, cuando se le oscurece su saque (siempre con bajo porcentaje de primeros) y concede el break. Es la sentencia para un set que cae irremediablemente del lado de Rosol. El partido se convierte en un drama para Nadal, incapaz de apaciguar a la fiera que tiene al otro lado de la red. Lukas avanza en la segunda manga con el pulso firme. Está tocado por una varita mágica. Es el jugador perfecto, el dominador en esta superficie. Por eso se coloca con 4-3 tras romper en blanco el servicio del español. Pero Nadal, pese a ir a remolque, da con la tecla. Lee el juego, procesa los datos, entiende que debe adelantar su ubicación en la línea de fondo. Y empieza a devolver los cañonazos que le envía Rosol, a ejecutar restos precisos, ganadores, a dominar. En definitiva, a crecer.
Y cuando Nadal crece, ya puede temblar el contrario. Restablece el equilibrio en el set con la primera rotura del saque de Lukas  y se gana el derecho a dirimir la manga en un tie break cargado de tensión. Es el fiel de la balanza. O iguala el partido o se ve abocado a la heorica, a remontar dos sets en contra. Rosol lo tiene en su mano. Dispone de 5-3 en la muerte súbita y una pelota de set con 6-5. Ahí aparece el Nadal campeón, el irreductible, el de los golpes imposibles, ajustados con la derecha. Una doble falta condena al checo (8-6)
El encuentro gira, el viento sopla a favor del ganador de 14 Grand Slams. Nadal ha encontrado la llave del tesoro, ha hurgado en los defectos de Rosol, un jugador capaz de conseguir 22 winners y 12 errores no forzados, pero perder el set trascendental, el que le daba todas las papeletas para la victoria final. Lukas se difumina, se le nublan las ideas, se le hace pequeña la pista. Sus tiros planos, a ras de hierba, ya no encuentran los límites. Nadal manda en la Central de Wimbledon y no está dispuesto a dejar escapar vivo a su enemigo. Le supera en todos los conceptos. Mejora los saques, busca la derecha, llega con rapidez a todas las bolas. Es una gacela que corre ágil y gana los puntos con solvencia.
Así se hace con el tercero y cuarto set, en los que se ampara en una rotura de saque, respectivamente, y no concede respiro a Rosol. Sólo hay un momento de duda a la hora de cerrar el choque. Con 5-4 y servicio, un par de fallos con el drive hacen soñar al checo con el empate. Un reencuentro con los fantasmas del pasado que el campeón de Roland Garros no permite. La victoria cae de su lado y ahora toca pensar en el siguiente rival. Se llama Kukushkin y es kazajo.

domingo, 8 de junio de 2014

Nadal se eleva al cielo de París



El campeón, el número 1, el mejor deportista español de la historia. Quién puede dudarlo. Rafael Nadal Parera lo vuelve a hacer, vuelve a conquistar París, vuelve a poner patas arriba la Philippe Chatrier. A ganar la final. En su pista talismán, el territorio de las gestas, el teatro de sus sueños. Rafael Nadal vence a Novak Djokovic, el enemigo más íntimo de los últimos años, por 3-6, 7-5, 6-2, 6-4, y alza al cielo de la capital la Copa de los Mosqueteros. Le cuesta 3 horas y 31 minutos de sudor, sacrificio, dolor y fe, los acompañantes fieles de su carrera. Es la novena, lo que no ha logrado nadie en la era moderna. Es el Emperador de Francia, el jugador de leyenda sobre la tierra batida. Suma también su 14º Grand Slam, igualando a otro mito de este deporte, Pete Sampras, y se sitúa a tan solo tres de los 17 de Roger Federer. Allí está el límite, el objetivo, la meta. Una década sumando torneos de Grand Slam (9 Roland Garros, 2 Wimbledon, 2 Us Open, 1 Open de Australia). Inmenso, único.
Nadal se emociona, llora, se cubre la cara antes de la entrega de trofeos. Y se emociona y llora también durante el acto protocolario. Eleva la mirada al infinito, con los ojos enrojecidos mientras suena el himno de España, aferrado a la copa que le entrega Bjon Borg. Por novena vez asciende al podio de un torneo hecho a su medida, único, donde sólo un rival, allá por 2009, Soderling, osó derrotarle en octavos de final.
Es el quinto Roland Garros consecutivo, tras aquel paréntesis. Y lo gana ante el mejor contrincante posible. Novak Djokovic también llora. De rabia, de pena, de desazón. Lo hace mientras el público le dedica una ovación interminable, compensatoria, por su entrega y el orgullo que demuestra este enorme jugador. “Algún día ganarás Roland Garros, Nole. Te lo mereces”, le dice Rafa. Son palabras de ánimo cargadas de sinceridad. Nadie más que el serbio ansía completar el círculo de Grand Slam con este trofeo que Nadal le niega una y otra vez. “Usé toda mi fuerza, mi capacidad, pero Rafa fue mejor”, admite el vencido con la voz rota.
Djokovic entrega el partido con una doble falta y se dirige a una zona de la grada. Dedo pulgar en alto, se siente dolido, maltratado, intimidado en un momento trascendental. Pero no pierde por eso. Los nervios le traicionan, es cierto, pero antes ha sucumbido a otros fantasmas, los que visten de azul celeste y tienen una sola cara, la de Rafa Nadal. El español remonta un duelo de gigantes, un partido a cara de perro, menos brillante que otros más recientes, en el que debe sobreponerse a la tradición que habla de lo contrario. Quien gana el primer set, lleva las de ganar siempre. Novak, que ha vencido en las cuatro últimas finales al español, juega por un sueño inalcanzable. Quiere estar en el Olimpo de los tenistas gloriosos, aquellos que han vencido en todos los campos. Un anhelo que le resta cualidades para afrontar el duelo número 42 contra el mallorquín (23-19 ahora para el español).
Nadal mantiene el servicio hasta el octavo juego. Le asaltan entonces las dudas, afloja los primeros tiros, y Djokovic se asoma a los puntos de rotura. Rafa le niega dos, tras un 15-40, pero sucumbe a la derecha demoledora de su rival. Es el 3-5 que anuncia el desenlace de la manga inicial. Con su saque, Novak tiembla y concede dos puntos break. Pero Rafa se desajusta, resta flojo y mal, y permite la reacción. El set cae para el lado serbio en 44 minutos.
El encuentro toma otra dimensión. Es la hora de los valientes, de dar un paso adelante para salir del atolladero. Nadal, que echa en falta los golpes de apoyo con el revés, toma ventaja en el segundo parcial y dibuja líneas curvas con sus tiros a medida que avanzan los minutos. Se apodera del espacio, activa las piernas y avanza los metros suficientes para sentirse el amo de la arcilla. La derecha le funciona. Por fin llega el break en el sexto juego del set y coloca un 4-2 que le sitúa a tiro del empate en el partido. Pero Nole responde. Aun sin dominar con el revés cruzado, su arma letal, restaña la herida un par de juegos más tarde. Más tensión, más nervios, pasión en el ambiente. Y calor, mucho calor, que a Djokovic acaba por perjudicarle. Abrasa la tierra roja, queman los pies, se derriten las cabezas. Nadal resiste, ve el hueco por donde colar los mejores tiros. A Djokovic se le funden los plomos con el 5-5. Nadal ha vuelto para poner las cosas en su sitio. Gana el set por 7-5 y presenta sus credenciales.
Hay que luchar, exprimirse, saber aguantar. El número 1 está en juego y la responsabilidad golpea como un herrero al yunque. Nadal encara la tercera manga con la convicción de un campeón. Un rey en su trono, dispuesto para una larga batalla. El reloj corre a su favor. El partido se le abre, toma carrerilla. Endosa un parcial de 5-0 a su oponente y se marcha hasta un 3-0 en el set. Djokovic es un lamento. Falla con el revés lo nunca imaginado, busca entre su gente la pócima mágica. Pero sabe que debe retomar el pulso, que dispone aún de vidas para gastar. Que le llegará su oportunidad. No sucede en este set, donde Rafa defiende su suerte con las garras afiladas. La clave está en  el séptimo juego, con 4-2 y saque. Son 11 minutos de alternancias, de puntos de oro, que en definitiva se deciden para el español. Tras el 5-2, Djokovic da muestras de flaqueza y entrega el parcial en 50 minutos.
El campeón de 13 grandes, el Emperador de Francia está por delante. Y eso son palabras escritas en mayúscula. Incluso ante Djokovic. El cuarto set se presenta como la reválida. Dos gladiadores con las energías menguadas, al límite. Nadal consume buena parte en lanzarse a por su presa, en acortar el camino hacia la gloria. Lo tiene a dos pasos (4-2) porque tira con todo. Son balas que acaban cerca de las líneas, y que Djokovic no acierta a devolver dentro de la pista. A cada golpe le acompaña un clamor, un grito, una excusa para que las fuerzas no desaparezcan. Pero hay dolor, a Rafa le molesta la espalda, se le quiebra una rodilla, la mano se le debilita. Djokovic, también herido, resurge del infierno. Está ahí, amenazando, como siempre ha hecho durante su carrera. No está derrotado aún. E iguala a cuatro. A Nadal se le acaban las balas, pero conserva la de plata, la que derrumba al vampiro cuando la situación es extrema. Con 5-4 a su favor, llega la hora. La grada hace la ola antes del saque de Djokovic, al que no le tiembla la muñeca en los dos primeros puntos. Sí sucede en los siguientes. Ruge el público. Llega el 30-40. La primera bola de partido. No hay silencio. Y los gritos pueden con el serbio, que saca con miedo. La doble falta del pánico, la doble falta del precipicio. Llora Djokovic (de impotencia). Llora Nadal (de alegría). Así es Roland Garros.