sábado, 6 de diciembre de 2014

La clase de don Anselmo



El maestro se levantó del corrillo y tuvo una idea para iniciar la clase al aire libre. Tomó un folio, lo plegó por la mitad, después hizo lo mismo en el sentido contrario y siguió doblando el papel hasta que compuso la pajarita. La dejó sobre una de las rocas y preguntó a los alumnos a qué se parecía. La interrogante recibió varias respuestas. Una paloma, aseguró Pablo, el más pragmático del grupo. Un águila, dijo con voz firme Agustín, el hijo del alcalde. A Rosita le pareció más un loro, lo que provocó las risas del resto. La chica, compungida, agachó la cabeza aguantando las lágrimas. Daniel, el de la última fila, lo tuvo claro: un halcón. El aplauso fue unánime.
Don Anselmo, sin pronunciarse, aunque encantado, mandó callar a la muchachada. Hecho el silencio, miró durante unos segundos el Atlántico y lanzó la pajarita con todas sus fuerzas. La hoja comenzó a mover las alas y voló hasta perderse por el horizonte, impulsada por el Xilsa. Los alumnos no salían de su asombro. El maestro, con los ojos húmedos, cogió otro papel y se dispuso a dar forma a un segundo animal. Terminada la papiroflexia, repitió la pregunta. Un papagayo, un buitre, un azor, un pelícano, un flamenco, una cigüeña… Los niños gritaban y saltaban sobre los riscos cercanos al acantilado. Entonces Don Anselmo arrojó de nuevo la figura blanca, que se elevó hacia el cielo y se unió a una bandada de gaviotas patiamarillas rumbo a la isla de San Martiño.




domingo, 12 de octubre de 2014

Federer convive con los dioses



Abran paso. Aparece el genio, un deportista singular, excelso, inmenso, que combina sus días entre el planeta Tierra y el Olimpo, donde tiene sitio preferente. Escríbanlo con letras de oro.
El puño derecho en alto, muy apretado; la raqueta en la otra mano. Un grito contenido, escueto, rabioso. La sonrisa amplia. Así expresa Roger Federer la victoria sobre Gilles Simon (7-6, 7-6) en la final del torneo de Shanghai. Un triunfo que va más allá, que significa la constatación del regreso del campeón, para muchos el mejor tenista de la historia. Un Federer que a sus 33 años y con cuatro hijos ocupa ya el número 2 del mundo (desplazando a Rafa Nadal) y que tiene a la vista acceder al lugar más alto de Novak Djokovic, del que le separan poco más de dos mil puntos. El final de curso (Basilea, París-Berçy y Copa de los Maestros) se presenta apasionante.
Un gigante que suma 23 títulos de Masters 1000 después de estrenar palmarés en Shanghai –“tenía muchas ganas de vencer aquí”-, comenta en la entrega de trofeos- y cerrar una semana intensa, que a punto está de irse al traste en su primer partido. Recordemos que salva cinco bolas de partido ante el argentino Leo Mayer, contra el que necesita tres sets y una muerte súbita de infarto.
Federer es leyenda, pero transita aún por el mundo del tenis. Y tiene hambre. Para levantar este domingo de octubre el cuarto trofeo del año –Dubai, Halle, Cincinnati y Shanghai- debe adaptarse a un partido distinto, sin ritmo, confuso, frente al francés Simon, un maestro del engaño. Nada que ver con el duelo de un día antes frente a Djokovic, donde Federer disfruta y dibuja un encuentro para enseñar en las escuelas.
Gilles juega con las velocidades,  alterna los tiros, esconde los efectos. Tan pronto se defiende como ataca. Aprovecha los tiros del rival para conectar los suyos, envueltos en dinamita. Simon ha regresado del infierno de unos años sin resultados destacables, sometido también a los imponderables de las lesiones, para discutir al campeón de 17 Grand Slams la conquista del torneo que cierra la gira asiática. Es su segunda final de M1000 tras aquella de Madrid, hace ya seis años, también perdida. En la central de Shanghai, cerrado el techo por temor al viento huracanado que amenaza desde el exterior, el menudo jugador de Niza, vencedor de Feliciano López en semifinales, aplica una estrategia positiva. Arranca más tranquilo que su rival y avanza en el marcador gracias a la rotura de saque inicial.
Roger acumula más errores no forzados en los primeros juegos que en casi todo el partido ante Djokovic. Errático, lento de piernas, sin toque limpio, se mantiene en el set gracias a su experiencia para gestionar este tipo de compromisos. Desde la tranquilidad, espera una oportunidad que llega cuando Simon saca para el set con 5-4. Entonces se desdibuja el francés, al que abandona el primer saque y concede el break que equilibra el resultado. Federer crece hasta el 6-5 y dispone de dos bolas de set, neutralizados por su rival. En el tie break de nuevo manda Gilles, que echa por la borda un punto de set. La clase del suizo inclina la balanza.
Simon ha perdido una ocasión dorada y debe pagar el precio. Requiere asistencia médica en el vestuario y retorna con la duda escrita en su cabeza. Ofrece síntomas de abatimiento, de haber agotado las reservas. Con el paso cansino, afronta la segunda manga a un ritmo más lento, que induce a pensar en un desenlace inexorable. No sucede así porque Federer no acierta a dar el paso. Conjuga puntos brillantes con fallos inesperados, como dos voleas de derecha sencillas que estrella en la red.
 Es el Roger que negocia consigo mismo hasta dónde puede llevar el partido.  Y decide que el tiempo le dará la razón, como tantas veces. Malgasta los puntos de break, pero se aferra al servicio. Inclina los tiros hacia la derecha de Simon, que se encuentra sin espacios para su revés a dos manos. El suizo le escatima su golpe preferido, pero aún debe abrir la chistera para salvar dos puntos de set (15-40 con 5-6). Llegados a la muerte súbita, las balas de Gilles se han agotado. Es el camino a la gloria de Roger Federer, que sella el partido a la primera. Más allá de los números (17 Grand Slams, 23 Masters 1000, 984 victorias, 61 triunfos este curso, 81 títulos), Roger Federer es un ejemplo para las futuras generaciones. Un tenista único, que ha sabido administrar su inmenso talento para extenderlo a lo largo de 16 temporadas. Le falta ganar la Copa Davis, cuya final afrontará contra Francia a finales de noviembre. Y se lo ha propuesto como gran objetivo del año. Un genio anda suelto. Se llama Roger Federer.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Nadal cede otro escalón



“Mi pensamiento es ir a Basilea, París y Londres”, declara Nadal para resolver las dudas que flotan a su alrededor. Acaba de perder en dos sets (6-3, 7-6) frente a Feliciano López en la segunda ronda del Masters 1000 de Shanghai. Su primer partido en el torneo, que cerca está de no disputar por culpa de la dolencia de apendicitis surgida de Pekín a aquí, en los días pasados. Una derrota con consecuencias indirectas. Roger Federer, que salva cinco bolas de partido antes de vencer al argentino Leo Mayer, arrebata el número 2 del ranking al español, ahora un escalón por debajo. 

Han sido días de un intenso dolor tratado con antibióticos, que enmascaran parcialmente el problema. El balear confiesa que una hora antes del partido ante su compatriota los médicos del torneo chino le desaconsejan jugar. “Es normal, lo hacen para cubrirse las espaldas”, matiza en tono conciliador. Rafa no atiende la petición y salta a la pista central de Shanghai para tratar de avanzar ronda. Una misión que se convierte en imposible por múltiples factores, el principal la dificultad para conectar correctamente los golpes. Se mantiene con la derecha, que le obliga a menos esfuerzos. Pero pena con el revés y sufre en los desplazamientos. Es un Nadal reducido, minimizado ante un rival que se ve ante esta oportunidad de oro tras cuatro años de derrotas contra su amigo. Feli juega agresivo, valiente, como en él es habitual en este tipo de superficies. Saque y volea. Subidas constantes a la red. Su lema de siempre. Y que le funciona ante un Nadal que arranca cargado de precauciones y sometido a la incapacidad de dar el máximo esfuerzo.
El primer set no tiene otra lectura. Feli manda, domina, avanza hacia su conquista con paso firme y sin fisuras. Lo hace suyo y está dispuesto a tocar la gloria de un triunfo de prestigio. Pero se atasca en la segunda manga, que dibuja a un Nadal más liberado, menos cauto y que aumenta la velocidad y ajuste de sus golpes. El ganador de 27 Masters (ninguno en Shanghai) se dispara hasta un 4-1 y se procura una bola para el 5-1. No lo logra y surge el atasco, la réplica de Feliciano, fiel a su básico patrón de juego.
El partido se equilibra, toma una dimensión similar a la del set inicial, aunque con mayor resistencia por parte del mallorquín. Rafa tira mejor, somete a su rival a un despliegue más intenso, pero se queda a medio camino. Dispone de saque para igualar la contienda (5-4), pero se le escapa. Feli regresa de la confusión en el momento justo, antes de que sea irremediable. Y su osadía obtiene recompensa en la muerte súbita, cuando salva una bola de set de su íntimo enemigo con una extraordinaria volea. Al cabo, la victoria cae por fin de su lado en este desempate. Rafa se despide de Shanghai como llegó: dolorido pero con la cabeza alta. Siempre dispuesto a cumplir. Un valor que le ha significado universalmente.
“Estaba jugando un buen año, muy positivo, y después he tenido mala suerte con la muñeca y lo de ahora, pero me quedan tres torneos”, anuncia el mejor deportista español de la historia. Una ristra de contratiempos, edema óseo en la espalda, virus estomacal, lesión en la muñeca y dolor en el apéndice ahora, han rebajado su trayectoria en un curso que ya difícilmente podrá mejorar. No hay excusas, sobran las lamentaciones. El análisis del partido es conciso: “Cuando tú pierdes un partido, no creo que sea el momento de hablar de las cosas obvias. Yo perdí porque Feli jugó mucho mejor que yo”.  Rafa Nadal, si la salud se lo permite, ha subrayado en rojo un objetivo final para cerrar la campaña: la Copa de Maestros de Londres. La que falta en su casa-museo de Manacor.

jueves, 18 de septiembre de 2014

La Copa Davis se cobra a Moyá



El descenso a Segunda División del equipo español de Copa Davis ha reabierto la caja de los truenos. La polémica sobre la ausencia de los jugadores más importantes de nuestro tenis se ha llevado consigo al capitán, Carlos Moyá, en su primer año al frente de la selección. El mallorquín ha tenido un estreno fatídico, saldado con sendas derrotas a domicilio ante Alemania y Brasil, que han costado la categoría. Moyá ha renunciado al cargo y en cuestión de poco más de una semana, desde ahora, la Federación Española tendrá que decidir sobre el sucesor.
La primera reacción del órgano federativo, diplomáticamente eso sí, consistió en resaltar su confianza en Moyá y ofrecerle la continuidad, que el ex tenista declinó. Su convicción de que España necesita un impulso para afrontar la renovación que se avecina y el peso de la familia le han hecho alejarse del puesto para dar paso a otro. Juan Carlos Ferrero es uno de los postulantes más significativos. El inicio de la reconquista (ascenso al Grupo Mundial donde España ha permanecido 19 años) tendrá lugar frente al vencedor de la eliminatoria Dinamarca-Rusia. Será en cuartos de final, como visitantes, allá por el mes de julio, tras el torneo de Wimbledon. Un largo recorrido aguarda.
Carlos Moyá se ha encontrado con enormes dificultades como capitán de Copa Davis. Sucedió a Alex Corretja, que logró la permanencia el año anterior tras lograr el compromiso de Rafa Nadal en la eliminatoria decisiva ante Ucrania, en septiembre, que se disputó en la Caja Mágica de Madrid. Nadal aterrizó en la capital de España con el trofeo del US Open bajo el brazo, pero con un cansancio notable. Aún así, disputó el primer partido individual y formó el doble con Marc López al día siguiente. Sus triunfos, junto al de Verdasco, sellaron la confrontación por la vía rápida. Corretja, ya sentenciado pese a la victoria, le agradeció eternamente su gesto. Rafa, sin embargo, no se mordió la lengua para criticar el sistema de competición, un sistema que se antoja obsoleto y apenas despierta el interés del aficionado un par de veces al año.
El calendario de competición de nuevo ha tenido mucho que ver en el desarrollo de los acontecimientos para España. Además del factor cancha, que a todas luces convierte a los jugadores españoles en rivales de menor entidad. Ante Alemania faltaron Nadal y Ferrer, lo que unido a la pista rápida, minimizó casi todas las opciones de victoria. Emparejados por la permanencia contra Brasil, el desplazamiento en septiembre otra vez supuso un drama para confeccionar el equipo, tal vez incluso mayor que en otras ocasiones. Uno a uno, según confiesa el propio Moyá, fueron rechazando su participación siete de los doce tenistas españoles del top-100. Sólo Granollers y Bautista accedieron. “No era lo que esperaba, y menos con el equipo a punto de bajar a Segunda. Les entiendo, porque fui jugador, pero he visto lo difícil que es montar la estructura para el equipo de la Davis, y eso me ha llevado a tomar esta decisión”, comenta en la entrevista publicada en El País.
Con coartada o sin ella, el caso es que el equipo que afrontó la ronda decisiva en Sao Paulo distaba mucho de ser potente. Pablo Andujar, que acudió a última hora por el lesionado Marcel, tuvo bola de partido contra Bellucci, que hubiera supuesto el 2-0 en la eliminatoria. Allí varió el rumbo y la suerte de España, abocada al descenso con las derrotas en dobles y de Bautista en el cuarto partido ante el número 1 brasileño. Un fracaso que supone el adiós durante al menos dos años a cualquier aspiración de conquistar la Ensaladera. El relevo generacional se presume inminente y necesario, lo que aumenta las dificultades. Así se mueve en estos momentos el tenis español, con el río revuelto a la espera de que se tranquilicen las aguas. Sin caer en el pesimismo más profundo, más allá de Nadal y Ferrer se atisba un vacío que cuesta rellenar. Moyá se resiste: “No creo que se haya acabado, pero cada año que pase será más difícil ganar. Eso le interesa más al público que a los propios jugadores, que tienen sus prioridades, sus campeonatos, su ránking”.  E insiste en que jugar en casa es clave. España, con la excepción de la final de Mar del Plata, ha cimentado sus éxitos en cancha propia, un detalle significativo. Unos tiempos de gloria que ahora se antojan ya lejanos.     

domingo, 6 de julio de 2014

Djokovic apaga a Federer



Un revés paralelo a la red cierra la final de Wimbledon. Un error de Roger Federer que supone la victoria de Novak Djokovic por 6-7(7) 6-4 7-6 (4) 5-7 6-4, tras un pulso de 3 horas y 57 minutos. Un duelo épico, magnífico, a la altura de dos tenistas elegidos para la gloria y que forman parte desde hace ya años de la leyenda de este deporte. Una victoria que proporciona a Djokovic su séptimo Grand Slam y le devuelve al número 1 del mundo, desplazando a Rafa Nadal.
La Catedral asiste a un partido con sabor, con aroma a excelencia, a Clásico. Federer, que aspira a su octavo Wimbledon y establecer un récord, se bate como lo que es: un genio. A un mes de cumplir los 33 años, aún sueña con agrandar el palmarés, llegar al 18º Grande, ser el mejor de todos los tiempos. Sin límites de edad ni de físico. Se lo discute Novak Djokovic, un jugador excepcional, inagotable, versátil y descomunal en múltiples facetas. Por ejemplo, en su capacidad de reacción, de voltear las situaciones de riesgo, de revertir las dificultades para convertirlas en ventajas. Es el Nole que se sobrepone a la pérdida del primer set cuando cuenta con dos puntos para lograrlo en un tie break al que se llega tras doce juegos a todo trapo. Federer ataca y ataca, busca la red con insistencia. Es la vieja táctica de un tenista que ha hecho de la elegancia, de la simplicidad, el paradigma de un sistema que nunca debió pasar de moda. La grada le apoya, ruge, le impulsa. La mayoría absoluta, de su lado. Y Nole contra los elementos. El serbio, que ha perdido cinco de las seis últimas finales de Grand Slam, exhibe su espíritu competidor. Un titán al que las caídas (dos en este partido que le afectan a una cadera y a un tobillo) no arredran para escalar hacia la meta.
Con el encuentro de su lado, a Federer le llega el primer bajón. Sabido es su congénita dificultad para administrar las ventajas. Djokovic está preparado, espera la primera ocasión, la primera bola de rotura. Le llega con 2-1 en el segundo set, tras una doble falta del suizo, que da alas a su rival para encaramarse al andamio. La noria gira a favor de Novak, más en su terreno, más consistente desde el fondo, capaz de cruzar disparos desde ambas esquinas y sacar a Roger de los límites, de hacerle golpear en carrera y no ajustar. El partido se iguala. Han transcurrido más de 90 minutos y nos aguarda una eternidad. Para degustarlo, admirarlo, asombrarse con estos dos tenistas privilegiados.
El ganador de 17 grandes se agarra a su saque, a promedios de 190 kilómetros por hora. Sin importar la duración ni el esfuerzo desplegados. Pero encuentra respuesta. Nole, un restador prodigioso, le hace jugar los puntos, le exige. Un examen continuo al que Federer responde sin pestañear, gritando suave, alzando el puño con cada punto ganado. Así se llega a otra muerte súbita, donde un error inconcebible de derecha (con 4-3 abajo) condena al helvético. Djokovic ha remontado, está por delante, tiene la conquista de Wimbledon al alcance. Otro set y será suyo.
Así se disputa el cuarto parcial, donde los dioses parecen confabularse con el serbio. Los puntos de más mérito corren de su cuenta. Roger se evade del partido, pierde la táctica, se le escurre la final de las manos. Djokovic se dispara a un 5-2 que anticipa un desenlace rápido, casi lógico por lo que aparece en la pista. El público anima al maestro, quiere más. Un milagro al alcance sólo de un gigante. Y Federer lo es. A Djokovic se le cruzan los cables, se le paralizan las piernas, no tiene golpes ganadores. Dispara a ciegas y se deja sobrepasar. Una bola de partido se le va al limbo con 5-4 al resto. Ahí Roger juega valiente, incluso accediendo a la red con un segundo saque. Cinco juegos consecutivos le dan el cuarto set y la posibilidad de vencer. Un quinto set a todo o nada. O el 18º Grand Slam para Federer o el 7º para Djokovic. Wimbledon en estado puro. Una final sólo comparable a la disputada entre Nadal y Federer en 2008, también perdida por el suizo.
El duelo se disputa entre las dudas por el físico de Djokovic (pide asistencia médica tras el tercer juego, con 2-1 a su favor) y la menor efectividad de Federer con el saque. Un punto de break con 3-3 para el suizo, que será número 3 del ranking a partir mañana, puede cambiar el curso de los acontecimientos. Novak, agresivo, arriesgado, decidido, lo enmienda. Y eso le da la energía necesaria para morder a su presa en el momento esperado. Federer, sin primeros servicios, sin aire en los pulmones, sin piernas para combatir los restos de Djokovic, se inclina por fin en el décimo juego. Como está escrito, con un revés paralelo al clavo. Es la derrota de un gigante frente a un enorme competidor. Novak Djokovic regresa al escalón más alto. La cuenta arranca de nuevo: 102 semanas. Rafa Nadal, que defiende todo en la gira americana de agosto (Montreal, Cincinnati y Us Open), ya tiene objetivo. Gloria al tenis.   
      

jueves, 26 de junio de 2014

Nadal sale a tiempo del túnel



Nadal ahuyenta los fantasmas, se sacude la presión, olvida el pasado, un pasado amargo que reposa en el limbo. Está ahí, sobre la Central, celebrando una nueva victoria, el pase a la tercera ronda de Wimbledon, un torneo que ha conquistado dos veces, pero que de dos años acá se había convertido en una pesadilla. Rafa se deshace de un viejo conocido, Lukas Rosol, el checo que le tumba en julio de 2012 y obliga al mallorquín a un exilio de siete meses. A un calvario para rehabilitar una rodilla izquierda maltrecha, para restañar las heridas, para sentirse de nuevo competidor. Han pasado 24 meses y el mundo se ve de otra forma.
Nadal es el número 1 del ranking, puesto que retoma en un 2013 de ensueño, con la única sombra de este torneo londinense. La hierba que se le atraganta. La derrota ante Darcis, un año atrás, en otro Wimbledon al que llega exhausto y mal preparado. Sin la actitud correcta. Ahora toca sonreír, disfrutar después del esfuerzo, del trabajo bien hecho, de un triunfo labrado a base de cicatrices. Nadal vence a Rosol por 4-6,7-6, 6-4,6-4 después de 2 horas y 44 minutos y eleva los brazos al cielo. Grita, jalea, aplaude. Como su tío Toni, al que se ve más nervioso y gesticulante que nunca durante el partido. Todo por las ganas enormes de sacarse una espina clavada en esa rodilla que le trae a mal traer desde siempre.
Y lo consigue, aunque no es fácil. Rafa necesita cuatro sets para despachar al checo, un bigardo de casi dos metros que juega como los ángeles durante set y medio y pone al borde del abismo al español. Nadal es un muñeco en manos de este gigante, un tenista que abusa del rival lanzando misiles desde el saque. Rosol es una máquina de matar desde el inicio. Tira y tira sin parar. Estacazo tras estacazo, con la precisión de un cirujano. Le entran todos los disparos y no da ninguna opción.
Rafa aguanta hasta el noveno juego, cuando se le oscurece su saque (siempre con bajo porcentaje de primeros) y concede el break. Es la sentencia para un set que cae irremediablemente del lado de Rosol. El partido se convierte en un drama para Nadal, incapaz de apaciguar a la fiera que tiene al otro lado de la red. Lukas avanza en la segunda manga con el pulso firme. Está tocado por una varita mágica. Es el jugador perfecto, el dominador en esta superficie. Por eso se coloca con 4-3 tras romper en blanco el servicio del español. Pero Nadal, pese a ir a remolque, da con la tecla. Lee el juego, procesa los datos, entiende que debe adelantar su ubicación en la línea de fondo. Y empieza a devolver los cañonazos que le envía Rosol, a ejecutar restos precisos, ganadores, a dominar. En definitiva, a crecer.
Y cuando Nadal crece, ya puede temblar el contrario. Restablece el equilibrio en el set con la primera rotura del saque de Lukas  y se gana el derecho a dirimir la manga en un tie break cargado de tensión. Es el fiel de la balanza. O iguala el partido o se ve abocado a la heorica, a remontar dos sets en contra. Rosol lo tiene en su mano. Dispone de 5-3 en la muerte súbita y una pelota de set con 6-5. Ahí aparece el Nadal campeón, el irreductible, el de los golpes imposibles, ajustados con la derecha. Una doble falta condena al checo (8-6)
El encuentro gira, el viento sopla a favor del ganador de 14 Grand Slams. Nadal ha encontrado la llave del tesoro, ha hurgado en los defectos de Rosol, un jugador capaz de conseguir 22 winners y 12 errores no forzados, pero perder el set trascendental, el que le daba todas las papeletas para la victoria final. Lukas se difumina, se le nublan las ideas, se le hace pequeña la pista. Sus tiros planos, a ras de hierba, ya no encuentran los límites. Nadal manda en la Central de Wimbledon y no está dispuesto a dejar escapar vivo a su enemigo. Le supera en todos los conceptos. Mejora los saques, busca la derecha, llega con rapidez a todas las bolas. Es una gacela que corre ágil y gana los puntos con solvencia.
Así se hace con el tercero y cuarto set, en los que se ampara en una rotura de saque, respectivamente, y no concede respiro a Rosol. Sólo hay un momento de duda a la hora de cerrar el choque. Con 5-4 y servicio, un par de fallos con el drive hacen soñar al checo con el empate. Un reencuentro con los fantasmas del pasado que el campeón de Roland Garros no permite. La victoria cae de su lado y ahora toca pensar en el siguiente rival. Se llama Kukushkin y es kazajo.

domingo, 8 de junio de 2014

Nadal se eleva al cielo de París



El campeón, el número 1, el mejor deportista español de la historia. Quién puede dudarlo. Rafael Nadal Parera lo vuelve a hacer, vuelve a conquistar París, vuelve a poner patas arriba la Philippe Chatrier. A ganar la final. En su pista talismán, el territorio de las gestas, el teatro de sus sueños. Rafael Nadal vence a Novak Djokovic, el enemigo más íntimo de los últimos años, por 3-6, 7-5, 6-2, 6-4, y alza al cielo de la capital la Copa de los Mosqueteros. Le cuesta 3 horas y 31 minutos de sudor, sacrificio, dolor y fe, los acompañantes fieles de su carrera. Es la novena, lo que no ha logrado nadie en la era moderna. Es el Emperador de Francia, el jugador de leyenda sobre la tierra batida. Suma también su 14º Grand Slam, igualando a otro mito de este deporte, Pete Sampras, y se sitúa a tan solo tres de los 17 de Roger Federer. Allí está el límite, el objetivo, la meta. Una década sumando torneos de Grand Slam (9 Roland Garros, 2 Wimbledon, 2 Us Open, 1 Open de Australia). Inmenso, único.
Nadal se emociona, llora, se cubre la cara antes de la entrega de trofeos. Y se emociona y llora también durante el acto protocolario. Eleva la mirada al infinito, con los ojos enrojecidos mientras suena el himno de España, aferrado a la copa que le entrega Bjon Borg. Por novena vez asciende al podio de un torneo hecho a su medida, único, donde sólo un rival, allá por 2009, Soderling, osó derrotarle en octavos de final.
Es el quinto Roland Garros consecutivo, tras aquel paréntesis. Y lo gana ante el mejor contrincante posible. Novak Djokovic también llora. De rabia, de pena, de desazón. Lo hace mientras el público le dedica una ovación interminable, compensatoria, por su entrega y el orgullo que demuestra este enorme jugador. “Algún día ganarás Roland Garros, Nole. Te lo mereces”, le dice Rafa. Son palabras de ánimo cargadas de sinceridad. Nadie más que el serbio ansía completar el círculo de Grand Slam con este trofeo que Nadal le niega una y otra vez. “Usé toda mi fuerza, mi capacidad, pero Rafa fue mejor”, admite el vencido con la voz rota.
Djokovic entrega el partido con una doble falta y se dirige a una zona de la grada. Dedo pulgar en alto, se siente dolido, maltratado, intimidado en un momento trascendental. Pero no pierde por eso. Los nervios le traicionan, es cierto, pero antes ha sucumbido a otros fantasmas, los que visten de azul celeste y tienen una sola cara, la de Rafa Nadal. El español remonta un duelo de gigantes, un partido a cara de perro, menos brillante que otros más recientes, en el que debe sobreponerse a la tradición que habla de lo contrario. Quien gana el primer set, lleva las de ganar siempre. Novak, que ha vencido en las cuatro últimas finales al español, juega por un sueño inalcanzable. Quiere estar en el Olimpo de los tenistas gloriosos, aquellos que han vencido en todos los campos. Un anhelo que le resta cualidades para afrontar el duelo número 42 contra el mallorquín (23-19 ahora para el español).
Nadal mantiene el servicio hasta el octavo juego. Le asaltan entonces las dudas, afloja los primeros tiros, y Djokovic se asoma a los puntos de rotura. Rafa le niega dos, tras un 15-40, pero sucumbe a la derecha demoledora de su rival. Es el 3-5 que anuncia el desenlace de la manga inicial. Con su saque, Novak tiembla y concede dos puntos break. Pero Rafa se desajusta, resta flojo y mal, y permite la reacción. El set cae para el lado serbio en 44 minutos.
El encuentro toma otra dimensión. Es la hora de los valientes, de dar un paso adelante para salir del atolladero. Nadal, que echa en falta los golpes de apoyo con el revés, toma ventaja en el segundo parcial y dibuja líneas curvas con sus tiros a medida que avanzan los minutos. Se apodera del espacio, activa las piernas y avanza los metros suficientes para sentirse el amo de la arcilla. La derecha le funciona. Por fin llega el break en el sexto juego del set y coloca un 4-2 que le sitúa a tiro del empate en el partido. Pero Nole responde. Aun sin dominar con el revés cruzado, su arma letal, restaña la herida un par de juegos más tarde. Más tensión, más nervios, pasión en el ambiente. Y calor, mucho calor, que a Djokovic acaba por perjudicarle. Abrasa la tierra roja, queman los pies, se derriten las cabezas. Nadal resiste, ve el hueco por donde colar los mejores tiros. A Djokovic se le funden los plomos con el 5-5. Nadal ha vuelto para poner las cosas en su sitio. Gana el set por 7-5 y presenta sus credenciales.
Hay que luchar, exprimirse, saber aguantar. El número 1 está en juego y la responsabilidad golpea como un herrero al yunque. Nadal encara la tercera manga con la convicción de un campeón. Un rey en su trono, dispuesto para una larga batalla. El reloj corre a su favor. El partido se le abre, toma carrerilla. Endosa un parcial de 5-0 a su oponente y se marcha hasta un 3-0 en el set. Djokovic es un lamento. Falla con el revés lo nunca imaginado, busca entre su gente la pócima mágica. Pero sabe que debe retomar el pulso, que dispone aún de vidas para gastar. Que le llegará su oportunidad. No sucede en este set, donde Rafa defiende su suerte con las garras afiladas. La clave está en  el séptimo juego, con 4-2 y saque. Son 11 minutos de alternancias, de puntos de oro, que en definitiva se deciden para el español. Tras el 5-2, Djokovic da muestras de flaqueza y entrega el parcial en 50 minutos.
El campeón de 13 grandes, el Emperador de Francia está por delante. Y eso son palabras escritas en mayúscula. Incluso ante Djokovic. El cuarto set se presenta como la reválida. Dos gladiadores con las energías menguadas, al límite. Nadal consume buena parte en lanzarse a por su presa, en acortar el camino hacia la gloria. Lo tiene a dos pasos (4-2) porque tira con todo. Son balas que acaban cerca de las líneas, y que Djokovic no acierta a devolver dentro de la pista. A cada golpe le acompaña un clamor, un grito, una excusa para que las fuerzas no desaparezcan. Pero hay dolor, a Rafa le molesta la espalda, se le quiebra una rodilla, la mano se le debilita. Djokovic, también herido, resurge del infierno. Está ahí, amenazando, como siempre ha hecho durante su carrera. No está derrotado aún. E iguala a cuatro. A Nadal se le acaban las balas, pero conserva la de plata, la que derrumba al vampiro cuando la situación es extrema. Con 5-4 a su favor, llega la hora. La grada hace la ola antes del saque de Djokovic, al que no le tiembla la muñeca en los dos primeros puntos. Sí sucede en los siguientes. Ruge el público. Llega el 30-40. La primera bola de partido. No hay silencio. Y los gritos pueden con el serbio, que saca con miedo. La doble falta del pánico, la doble falta del precipicio. Llora Djokovic (de impotencia). Llora Nadal (de alegría). Así es Roland Garros.            

domingo, 18 de mayo de 2014

Djokovic arrebata el trono a Nadal



Djokovic dibuja un corazón con su raqueta sobre la arcilla de la Centrale. Acaba de ganar el Masters 1000 de Roma a su enemigo más íntimo, al emperador de Italia. Rafa Nadal, que busca el octavo título en esta pista, sucumbe al poderío del número 2 del mundo. Un aviso para Roland Garros, el torneo supremo sobre arcilla, que arrancará el 25 de mayo. El trono está en peligro. En serio peligro. A Rafa le acecha el serbio, siente su aliento cada vez más cerca. Es la hora de los gigantes, como ha venido sucediendo en los últimos cuatro años entre ellos, donde se han repartido casi todos los premios.
 En Roma, sobre un terreno pantanoso, impropio de un torneo de esta categoría, el vigente campeón cede tras 2 horas y 19 minutos de lucha. Otra larga batalla (el cara a cara número 40 entre ellos), de la que resulta malparado en el resultado, pero consciente de que de haberle acompañado el físico seguramente hubiera sido distinto. Djokovic gana por 4-6, 6-3, 6-3 y grita al cielo de la capital romana su enorme alegría por la victoria. La grada está con él, tiene mayoría, y su respuesta es contundente. Aplasta poco a poco al campeón de 13 grandes y extiende la racha triunfal a las cuatro últimas finales (Pekín, Masters de Londres, Miami y aquí en Roma).
Novak, tras el paréntesis de una semana inactivo (se dio de baja en Madrid para recuperarse de la lesión en el brazo derecho), remonta un duelo que arranca mal para él. Juega sin convicción, sin chispa, sin estrategia durante al menos cinco juegos. Sus tiros salen desviados, inconexos, con escasa profundidad. Nadal golpea profundo, apoyado en su drive, con las pilas cargadas. Reparte los disparos a ambos lados, con preferencia a la derecha de su rival. Le funciona. El marcador lo refleja: 4-1 para el español, con dos roturas a su favor. Djokovic es un lamento, un tenista desconocido respecto a los enfrentamientos anteriores contra Rafa. Tras el segundo break, camino de la silla, arroja la raqueta para perderla de vista tras la bolsa. Vuelve y cambia de planes. A falta de precisión, decide ir a tumba abierta, a empujar a Nadal contra la valla, a hacerle correr, a que cargue las piernas. Rafa, que ha recorrido ya 12 kilómetros para llegar a esta final, se encuentra con un panorama diferente, aminora los tiros, y cede. El resultado se estrecha (4-3) y aún puede ser peor. Con 0-40, Nadal evita el empate a su estilo: luciendo su mejor tenis en las situaciones comprometidas. Saca adelante el juego y ello le permite acceder a la conquista del primer set (6-4) contra un Djokovic aún inferior.
Pero el partido es otro. El ganador de 18 Masters 1000 (dos de ellos en Roma) hasta esta fecha le discute al número 1 la supremacía sobre arcilla a base de golpes profundos, brillantes, planos. La bola se alía con el serbio, que inicia la segunda manga rompiendo el saque a Rafa y avistando un mundo nuevo al otro lado de la red. Surge entonces el jugador imparable, descomunal, que tira el revés cruzado a la velocidad de la luz y lo combina con una derecha eléctrica cuando la pelota le llega alta. El set se hace cuesta arriba para Nadal, cada vez más alejado de su mejor versión. Con 3-1 resurge el español, para romper a Nole. Pero al siguiente juego llega la contra réplica. Djokovic se coloca con 4-2 y se siente acreditado para equilibrar el partido y llevarlo a un tercer parcial decisivo.
En éste, de nuevo se pone en ventaja el serbio rompiendo el servicio de inicio. El partido pende de un hilo para Rafa, que defiende con uñas y dientes su suerte tanto en el tercer juego (salva dos puntos de rotura) como en el quinto. La casta del ganador de 27 Masters, su espíritu indomable, le permiten acosar a un rival lanzado. Le frena, le intimida. Tira y tira para provocar los errores de Djokovic, que se ve con un 3-3 inimaginable minutos antes. Hay partido. Ruge la grada del Foro Itálico. Se desatan las pasiones. Pero reaparecen los problemas para el mallorquín, que se ve contra el precipicio cuando Nole le arrebata el siguiente saque sin discusión. Es el Djokovic que ya no se arruga, que conoce los resquicios por donde aplacar al número 1. Tirar profundo, raspando las líneas si es necesario. Nadal suplica tener más piernas, más energía. Pero no hay reservas. El depósito está vacío. Y llega el desenlace, que otorga el título al mejor, a Novak Djokovic. Los datos descubren algunas causas más: 46 ganadores del serbio frente a 15 tan sólo del español. Y un porcentaje mínimo de winners con el segundo servicio, la verdadera lacra de Rafa.
En una semana llega Roland Garros, donde Rafael Nadal Parera, campeón en ocho ocasiones, defiende el título y el escalón más alto del ranking. Tras una semana intensísima, de enorme presión mental y física, el español necesita recomponerse en ambos aspectos. El asunto promete. Nos aguarda un torneo apasionante. París bien vale el noveno.

domingo, 11 de mayo de 2014

La fortuna se apiada de Nadal



Rafa Nadal muerde el precioso trofeo que recompensa la victoria en el Mutua Open de Madrid. Es el cuarto en la capital de España, en un torneo con el que confiesa tener un idilio y unas sensaciones especiales. Rafa engorda su abultado palmarés. Son ya 27 Masters 1000 y el título número 50 en tierra batida. Pero la sensación es extraña. Es el campeón sin júbilo, que gana en esta ocasión por la desgracia ajena. Y ello se debe a la mala suerte de Kei Nishikori, un tenista excepcional que se hace acreedor al triunfo hasta que claudica por lesión.
La retirada del japonés supone la victoria de Nadal por 2-6, 6-4, 3-0, tras una hora y 41 minutos, la mayoría de los cuales supone una lección de tenis del perdedor. Así ocurre a veces en el deporte. No siempre gana el que lo merece. Y Rafa lo reconoce, lo admite públicamente en las primeras declaraciones tras el desenlace. “En el primer set me ha dado una paliza”. Un gesto de sinceridad que queda a la vista de una afición que le idolatra y valora su intachable trayectoria. Esta vez le ha tocado a él la cara amable en una final que tenía en el alambre y se decantaba sin remedio a favor de Nishikori, tocado por una mano celestial.
Nadal sale a la cita decisiva del domingo con el instinto depredador de las grandes ocasiones. El ganador de 13 grandes parte con ventaja. Su experiencia en finales es infinitamente mayor. A Nishikori le avala sólo un camino excelso desde el Conde de Godó (campeón ante Giraldo) y un juego sólido, a ratos de lujo, que sólo puede empañarse por el apartado físico (gana la semifinal del sábado a Ferrer tras más de tres horas que concluyen casi a media noche). Hay quien le da por retirado antes de la final por dolencias en la espalda que ya requirieron asistencia del fisioterapeuta en los partidos ante Feliciano López y el propio Ferrer. Contra Nadal, además, el balance es demoledor: seis derrotas y un solo set ganado.
El número 1 comienza a todo gas y se anota su saque en blanco y suma un 0-30. Seis puntos consecutivos deslumbrantes, bien elaborados, sin réplica. La exhibición se detiene. Dispone de punto de break que salva Kei con un servicio ajustado que Nadal no contrarresta. El encuentro ya no es el mismo. Nishikori se hace el amo de la arcilla. Plantado encima de la línea de fondo, reparte los golpes con la precisión de un herrero que machaca el hierro sin cesar. A Rafa le asaltan las dudas. Demasiado pronto. Da varios pasos atrás y comienza a tensarse, a sentir la presión de un aspirante en vez de un campeón. La derecha, su arma más fiable, se transforma en enemiga. No le funciona. Tira fuera una y otra vez. Los juegos empiezan a caer del lado del japonés, que se lanza sin piedad sobre su víctima. Pocas veces se ha visto al mallorquín tan arrinconado, tan escaso de efectividad. Con 5-1 abajo, Rafa aún busca alguna pócima que le meta en el partido. El set cae sin remedio a manos de un jugador imparable, que ejecuta la derecha plana como un lanzagranadas y golpea el revés a dos manos abriendo ángulos inalcanzables para el español.
La segunda manga no altera el curso de los acontecimientos. Nadal, un manojo de nervios, cede de nuevo el servicio y se apresta a padecer otro calvario del que no le saca el apoyo de un público entregado. Nishikori es una máquina perfecta. Sus golpes acaban por descontrolar los esfuerzos de Rafa, que corre sin premio de un lado a otro. Todos le superan. Es un muñeco a merced de un tenista fabuloso de 24 años, que aparecerá esta próxima semana en el top-ten del ranking del año. Atisba Nadal una salida del túnel con un 0-40 en el cuarto juego, pero sus restos le devuelven al infierno. El japonés no cede. Se coloca con 4-2 y es consciente de que está ante la gran oportunidad de su incipiente carrera. El primer M1000 a dos juegos. El cielo de Madrid a un par de pasos. Rafa tira de corazón, el argumento que tantas veces le ha sacado del atolladero. Se resiste, se queja. Nadie mejor que él admite la inferioridad en que se desenvuelve. Y en éstas se produce el cataclismo, la reconversión del partido. Nishikori hace crack. La espalda se le convierte en una tabla. “Sí se puede, sí se puede”, canta la grada. Con 4-3, el servicio del japonés se hace azucarillo. Los tiros se le marchan, el dolor le martiriza. Las manos del fisio no alivian a un jugador mermado. “Sé lo que se siente en esos momentos”, dice Nadal, al que aún le escuece la final del Abierto de Australia de este año que va a las manos de Wawrinka por culpa de pinzamiento en la espalda. Nishikori es ahora un rival desnudo, sin posibilidades, que cede el segundo set por 6-4 y piensa camino del vestuario si tal vez sea más conveniente arrojar la toalla. Regresa y disputa tres juegos horrendos, paralizado, que culminan con el adiós y suponen la victoria de Rafael Nadal, el mejor jugador de la historia en tierra batida. Ahora toca el Masters 1000 de Roma, con Roland Garros al fondo. Nadal ha ganado en Madrid, pero no ha resuelto algunas interrogantes. Como él mismo dice, juega con lo que tiene cada día y no siempre es suficiente para derrotar al rival. Lo que nadie le puede arrebatar es la significación de otro trofeo en Madrid, el cuarto, y que sigue haciendo historia.   

domingo, 20 de abril de 2014

Wawrinka se corona en Mónaco



Montecarlo proclama a Stanislas Wawrinka. El campeón del Open de Australia se corona también sobre la arcilla del Principado. En la final entre suizos, el discípulo acaba con el maestro. Stan vence a Roger Federer por 4-6, 7-6, 6-2. Le cuesta 2 horas y 13 minutos, tras protagonizar una remontada que arranca en el tie break del segundo set y culmina en una tercera manga impecable, cuando a Roger las piernas no le alcanzan para llegar a las pelotas inmisericordes que le envía su rival.
Wawrinka gana el Masters 1000 de Montecarlo, el primero de su carrera, tras dos intentos fallidos –uno en este mismo escenario y el otro en Madrid- frente al emperador de la tierra batida, don Rafael Nadal Parera. El tenista de Lausana lleva un año espléndido, con tres conquistas –Chenai. Australia y éste de Montecarlo- y la confirmación de su estancia entre los grandes. Ya es uno de ellos, tras el cambio radical experimentado junto a Magnus Norman, su entrenador sueco.
El número 3 del ranking destroza a Federer a partir de la muerte súbita del segundo parcial. Hasta entonces, el partido es del vencedor de 17 Grandes y 21 Masters 1000. Federer juega excelso, ligero, cómodo. Flota sobre la central monegasca y ejecuta golpes definitivos, cargados de belleza. Es la estética reflejada en un tenista. Dispuesto a alzar su primer trofeo en este escenario, que por tres veces le niega Nadal en sendas finales, libra una batalla contra un oponente comido por la responsabilidad. Wawrinka acusa la puesta en escena. No es el Wawrinka que llega a la final sin excesivas dificultades –elimina a Cilic, Almagro, Raonic y Ferrer- y aparece como favorito en las apuestas. Afronta el cara a cara con miedo, rezagado, dos metros por detrás de la línea de fondo. Y Federer le gana terreno, le acula contra la valla y le somete en el set inicial. Una rotura de saque en el quinto juego le sirve al de Basilea para lanzarse a por la manga. Conserva el servicio sin oposición y lo cierra con un juego brillante, en el que destaca su fantástica derecha y no desmerece su revés liftado. Invierte 42 minutos y administra como nunca sus ventajas. Wawrinka apenas dispone de una bola de break que gestiona Federer a la perfección.
El segundo set es diferente, al concretarse pronto la primera rotura de saque por parte de Stanilas. Se coloca con 2-0, pero enseguida se le escapa la renta. Federer, que tiene claro el plan para esta cita, responde de forma inmejorable, con un juego en blanco sobre el servicio de Wawrinka. No le deja irse, se considera acreedor a un título que nunca ha sido suyo. Cerca de los 33 años, Roger juega rápido para evitar que los partidos se alarguen. Sube a la red y volea, acortando los puntos. Le sale bien hasta que Wawrinka ajusta el punto de mira. La muerte súbita define un partido que gira hacia el lado de Wawrinka cuando se concreta ese segundo parcial. El arranque del set definitivo muestra a un Federer pastoso, lento de reflejos y con el cuentakilómetros agotado. Los tiros se le escapan, la red se convierte en su enemigo, mientras Wawrinka juega con los dos pies dentro de la pista y de su revés a una mano salen misiles a ambas esquinas. Roger cede dos saques (4-0) y ve el abismo. La cima está más cerca para el de Lausana, 
que apenas deja resquicios. El partido, la final, se cierra con un 6-2 que retrata a un campeón sólido y ambicioso, cuya cabeza ha ahuyentado viejos fantasmas.
“Esto es algo excepcional, un verdadero placer”, señala el campeón en la entrega de trofeos. “Roger, es un honor, una oportunidad increíble, haber jugado contigo”, añade mirando al amigo, el compañero, el maestro. Con Nadal preparando en Barcelona el Godó (siguiente objetivo) y Djokovic fuera de combate por una lesión en la muñeca derecha, Stanislas Wawrinka se consagra como el mejor en el arranque de la tierra batida. A fuerza de triunfos, el suizo se ha hecho sitio en el podio de los elegidos. A expensas de lo que suceda en Madrid y Roma, la cita de Roland Garros se presenta apasionante y con otro candidato. Se llama Stan ‘the man’ Wawrinka.

lunes, 31 de marzo de 2014

Nadal cambia de registro



Rafael Nadal admite la derrota, no tiene argumentos para defenderse. Estamos en Miami, el último domingo de marzo, y el número 1 pierde la final ante Novak Djokovic (6-3, 6-3) en 1 hora y 23 minutos, lo que supone el cuarto intento frustrado de incorporar este título a sus vitrinas después de alcanzar la cita decisiva. Le sucede en 2005, 2008 y 2011. Cada tres años. Entonces le derrotan Federer, Davydenko y Djokovic, que se erige de nuevo verdugo en esta edición. La central de Crandon Park revive un duelo que se ha hecho constante, esperado, infinito. Es el enfrentamiento número 40 entre estos dos tenistas, los mejores del mundo. Han abierto una sima con el resto. Ahí está la clasificación de la ATP, donde una montaña de puntos les separa de los demás. Su dictadura es implacable en los Masters 1000, que se reparten casi a partes de iguales desde hace año y medio.
Djokovic sale vencedor y cae al suelo azul de Cayo Vizcaíno. Es el cuarto MSM consecutivo que el serbio se endosa (Shanghai, París. Indian Wells y Miami). Todo desde la derrota en el US Open a manos del mallorquín, que le sirve de lección. Nole ha aprendido, ha vuelto a mandar, ha superado sus traumas. Le ha tomado el pulso de nuevo a Nadal, con el que mantiene una lucha feroz. Uno hace mejorar al otro y viceversa. Queda la promesa de Rafa, ahora por debajo: “No voy a buscar pequeñas excusas, la justificación es que él ha sido mejor que yo y tengo que trabajar para estar a la altura y exigirle más en el futuro”.
El partido se convierte en un monólogo a medida que el campeón de 26 M1000 se aleja de la línea de fondo y cede a los golpes ganadores de Djokovic. El serbio juega con ventaja en la mayoría de los puntos. Se coloca dentro de la pista y tira con todo. No necesita arriesgar. Le funciona la derecha, pero se hace enorme con el revés a dos manos, seguramente el mejor del planeta en estos momentos, que salen como misiles, planos, hacia el campo de Nadal, sin que éste tenga razones ni piernas para alcanzarlos. “No me moví tan bien como me suelo mover. Estuve lento y sin chispa. Él fue muy sólido. No ha fallado nada por momentos. Siento que él estaba teniendo demasiado éxito con cada golpe. Es imposible jugar contra él cuando está a este nivel. Ha obtenido mucho premio sin tener que arriesgar”, comenta el número 1 tras el encuentro. Rafa juega sin armas, cae en los errores que le procuraron siete derrotas consecutivas ante este mismo rival y se apaga como una vela a medida que avanza la confrontación. La energía le alcanza para cuatro juegos, incluso en el primero dispone de bola de break. No volverá a gozar de más. Pasado este umbral, el partido se le hace empinado, confuso e irresoluble. Siempre atrás, apenas ofrece puntos de mérito ni gestos que hagan presuponer la reacción. Es un Nadal irreconocible y medio entregado, como si la final le llegara en mal momento.
Djokovic gana sin excesos, producto de un juego sólido y con la regularidad como bandera. Amparado también en su saque (86% de primeros servicios frente al 59% de Nadal) añade argumentos para una victoria rápida, sin aristas, de guante blanco, quizá inesperada incluso para él en la forma. “Tuve un muy buen juego de principio a fin, siempre es difícil ganar a Rafa, estoy muy satisfecho con mis cuatro semanas en los Estados Unidos”, admite el ganador de 18 Masters 1000, superando ya los 17 de Agassi. Y añade: “Definitivamente la mayor rivalidad que tengo en mi carrera en el tenis es con él (Nadal). Es un gran desafío siempre cuando juego con Rafa en cualquier superficie, por supuesto, sobre todo en tierra batida. Esa es su superficie más preferida, allí es más dominante”. Esa es la esperanza que se abre ahora para el español, mentalizado para afrontar este tramo sumamente interesante. La cuenta se inicia en Montecarlo, donde Nole defiende el título y Rafa persigue algo más que el noveno trofeo monegasco. Abonen el terreno, preparen la arcilla roja. Nadal tiene hambre y cuentas pendientes.

domingo, 23 de marzo de 2014

Cuestión de números



A las 14:57, como cada viernes, salió de la oficina. Llevaba 19,8 años en la empresa y, salvo los 29,55 días al año de vacaciones, nunca dejaba de trabajar sus 8,17 horas. Subió al coche, de 11,51 años de antigüedad, y cogió la C-521 rumbo al hostal, donde se vería con su amante, 15,29 años más joven. Conduciendo, y con la radio encendida, pensó en su hijo. Mientras devoraba kilómetros, recordó que tenía 18,15 años, le quedaban 6,23 meses de carrera y, a lo más, encontraría un trabajo que le ocuparía 9,8 horas diarias, tal como se estaban poniendo las cosas. Después, se casaría y le daría al menos 2,30 nietos. Él moriría  a los 79,80 años. Miró el cuentakilómetros: marcaba 139,81 km./hora. Multa de 250, 25 euros, seguro, se dijo. Entonces se acordó. ¡Cielos, San Valentín!  Frenó y se detuvo junto al arcén. Una fila de 16,64 molinos ocupaba el horizonte. Escribió el sms de 14,31 palabras a su esposa. Coste de la llamada: 1,24 euros. De regreso al vehículo maldijo el día que decidió estudiar cálculo.

(Premio Accesit del Concurso de Microrrelatos Ediciones Xorki 2014)

sábado, 1 de marzo de 2014

Federer vuelve a dar clases



    Roger Federer levanta los brazos, un gesto habitual, propio, simple. Sin más. Ha ganado el torneo de Dubai, ha tumbado a Tomas Berdych en la final por 3-6, 6-4, 6-3. Es el primer título de 2014 para el suizo, el primero desde hace ocho meses (Halle 2013). Y el sexto en este lugar, sucediendo a Novak Djokovic, una de sus víctimas de esta edición, que se ‘conforma’ con cuatro. Anoten también: el título número 78 de Federer, que sobrepasa a John McEnroe. El ranking de títulos ATP queda ahora así: Jimmy Connors, 109; Ivan Lendl, 94; Roger Federer, 78; John McEnroe, 77; Pete Sampras y Bjorn Borg, 64; Rafa Nadal y Guillermo Vilas, 62; André Agassi 60.
   Para alzar el trofeo del emirato árabe, Federer necesita remontar ante Berdych un partido que responde a las expectativas. El checo, también finalista el año anterior, juega un tenis profundo, contumaz, inalcanzable para el campeón de 27 Grand Slam. Curiosamente, el duelo se repite tras un año sin verse. Doce meses atrás, en las semifinales de Dubai, el vencedor es Tomas, en tres sets, por 3-6, 7-6, 6-4.
   Es un Berdych que aspira a su segundo torneo del curso, tras Rótterdam, un suceso inédito para él desde hace un par de años. Juega sin trabas y anula a su rival, que baja el nivel del día anterior. Federer no es el mismo que se impone sobre Djokovic un día antes, en una semifinal de alta escuela. Cede el primer set sin rechistar 3-6  y da síntomas de abatimiento, de falta de chispa. Un Federer que a lo largo de la semana ha padecido estos problemas para sacar adelante los partidos. Una rotura de servicio le es suficiente al checo.
   En la segunda manga no varía el rumbo de los acontecimientos. Berdych es mejor, pega y pega sin contención. Mantiene a Federer al fondo, donde hace menos daño. Le somete y manda. Rompe el saque de Roger en el quinto juego y parece encaminado hacia la gloria que otorga la victoria en una final. Pero el reloj se le detiene, le impide ir más allá, confirmar su hegemonía. Llega la réplica inmediata del helvético, que domina por 11-6 el balance de los enfrentamientos con este rival.
   Federer recupera el pulso, contrarresta el break y equilibra el encuentro. Sale a flote con los golpes inspirados que le procura su derecha. Se ajustan a las líneas, ponen en aprietos a Berdych, le hacen dudar de sus posibilidades. Y sucede que el partido vira hacia el lado del suizo, mucho mejor asentado sobre la pista azul. El parcial es de 4-1 para igualar la confrontación. Ruge la central de Dubai. “Roger, Roger”, grita la grada, volcada mayoritariamente con el tenista que más veces ha ganado allí.
   El tercer set confirma a Federer, incluso con las consabidas dificultades del suizo para gestionar las ventajas. Se coloca por delante en el primer juego y dispone de tres puntos para romper el servicio a Berdych. Se le escapan. Luego, claro, debe afrontar un punto de break en contra con su saque, del que sale airoso. Es el juego del gato y el ratón. Roger, mucho más sólido, confirma su mando en el cuarto juego y pone rumbo hacia el triunfo, no sin suspense. Desperdicia dos bolas de partido con servicio de Berdych (5-2) y lo fía todo al juego siguiente. No hay más dilación. Roger Federer, el jugador que más semanas ha ocupado el número 1 del mundo, vuelve a ganar, a alzar los brazos. Así de simple, así de complicado.

Ha invertido poco menos de dos horas y ha sido un poco más regular. 25 winners por 20 del checo. 23 errores no forzados frente a 29 del rival. 4/10 en puntos de rotura por 3/10 de Berdych. Lo suficiente para vencer. La siguiente parada se traslada a Estados Unidos. Es el Masters 1000 de Indian Wells, donde se coronó el año pasado Rafa Nadal, contra todo pronóstico. El asunto promete.  

jueves, 6 de febrero de 2014

Ejercicio contable



A las 14:57, como cada viernes, salió de la oficina. Llevaba 19,8 años en la empresa y, salvo los 29,5 días al año de vacaciones, nunca dejaba de trabajar sus 8,1 horas. Subió al coche, de 5 años, 3 meses y 24 días de antigüedad, y cogió la C-521 rumbo al hostal, donde se vería con su amante, 15,2 años más joven. Conduciendo, y con la radio encendida, pensó en su hijo. Mientras devoraba kilómetros, recordó que tenía 18,5 años, le quedaban 6,3 meses de carrera y, a lo más, encontraría un trabajo que le ocuparía 9,8 horas diarias. Después, Jorge se casaría y le daría al menos 2,3 nietos. Él moriría  a los 79,8 años. Miró el cuentakilómetros: marcaba 139,8 km./hora. Me cae una multa de 250, 25 euros, seguro, se dijo. Frenó y se detuvo junto al arcén. Una fila de aproximadamente 16,5 molinos ocupaba el horizonte. Entonces se arrepintió del día que dejó el pueblo para estudiar cálculo.

sábado, 25 de enero de 2014

La nube y el sol



El hombre salió al porche y miró al horizonte. Una sola nube pugnaba por ocultar al astro. Abrió el periódico y leyó la noticia de portada. “Hace seis años, el gobierno español aprobó una ley que proponía precios muy atractivos para la energía solar. Pero ha cambiado de opinión. Planea pagar menos, mucho menos. Según la legislación que entra en vigor este año, caerá su sistema de pago por kilovatio-hora en total e impondrá recortes retroactivos en los pagos. También planea hacer que los productores de energía solar paguen un cargo por la electricidad que generan y utilizan ellos mismos”. Se quitó las gafas y volvió a contemplar el cielo ya despejado. Una mueca de tristeza recorrió su rostro. Y ahora qué les digo a mis alumnos, pensó mientras apuraba el zumo de naranja.


 

miércoles, 8 de enero de 2014

En la próxima tormenta



Despertó empapado en sudor. Como siempre que la primavera daba paso al verano. No recordaba si esta vez se debía a una pesadilla o al agobiante calor que se instalaba en esas noches de finales de junio. Por la ventana entreabierta apenas entraba la tenue luz de una luna llena más pequeña de lo habitual. Ni un soplo de brisa, ni una pizca de aire que presagiara la tormenta que el conserje le anunciara para esa noche de viernes.
Se incorporó levemente, encendió la lámpara de la mesilla y cogió el libro que comenzó a leer hacía no más de dos horas. Lo abrió por la página marcada y se adentró en su mundo, ajeno a la realidad, acompañado por los personajes e historias que incluían el grueso volumen. Sin remisión, se sumió otra vez en un sueño de fantasía.
Le sobresaltó el sonido de un terrible trueno que hizo temblar los cristales abiertos de los ventanales de su habitación. A éste le siguieron otros, unidos a una multitud de rayos que iluminaban la oscura noche, cubierta ya la luna por negras nubes y percibiéndose en el ambiente un frío temporal que agitaba las altas ramas de los chopos de alrededor. Empezó a llover con fuerza. Se levantó para cerrar la ventana, cuando de repente se apagaron todas las luces. Al instante, otro rayo cayó a pocos metros de la estancia.
El agua arreciaba, acompañada de unas bolas de granizo que aumentaban inexorablemente su tamaño, cuando le pareció ver a alguien en la calle. Era una mujer. Intentaba apresurarse para hallar algún refugio. Empapada y sometida a la fuerza del pedrisco, apenas podía mantenerse en pie. La oscuridad la envolvía. Creyó verla tropezar cuando de improviso el relámpago alumbró la escena. Allí estaba ella. Tumbada en el suelo, magullada y perdida. Levantó la cabeza y miró hacia donde él se encontraba. Sus miradas se cruzaron, la de ella pidiendo ayuda, la suya sintiendo lástima. Sin pensarlo, corrió hacia la calle. Debía auxiliar a aquella persona, quería hacerlo, se dijo.
Abrió la puerta de la habitación y bajó a la carrera los cuatro pisos, sin esperar al ascensor. Al salir del hotel, la luna se abrió paso al fin entre las nubes y enfocó la calle encharcada. No había nadie. La lluvia remitía levemente. Decidió inspeccionar  por los alrededores en busca de la anónima figura. Decepcionado, regresó por donde había caminado y entró en el único bar abierto a esas horas, enfrente del hotel. La luz tenue de las velas suplía temporalmente la carencia de electricidad. Se acomodó en la barra y pidió un bloody mary. Observó al camarero cómo lo preparaba. Siempre estaba dispuesto a combatir así las resacas, aunque exigía prescindir de la rama de apio y echar sólo dos gotas de tabasco. El hombre agitó los ingredientes y vertió la mezcla sobre el vaso bien cubierto de hielo. Lo situó frente a él y esperó a que diera el primer sorbo. El rojo intenso del zumo de tomate invitaba a no demorarse. Le pareció exquisito y así se lo dijo. El camarero, halagado, se retiró al otro extremo de la barra. El segundo trago, más prolongado, le dejó el regusto del vodka atravesando la garganta. Por suerte, estaba acostumbrado y no le afectó tener el estómago vacío.
“¿Sabes de dónde procede el nombre de Bloody Mary?”. Se giró para ver a su interlocutor. Era una mujer de aspecto misterioso. La penumbra le impedía ver su rostro y tan sólo pudo apreciar la figura sinuosa de un cuerpo sugerente. “No tengo ni idea”, acertó a responder.
“De María Tudor, que durante su reinado en Inglaterra mandó a la hoguera a todo el que se cruzara en su camino”, añadió ella.
“Interesante historia”, interrumpió.
“María la sanguinaria.  De ahí el color rojo. De todas formas, no es más que una leyenda. Más auténtica me parece la idea de que naciera en el Harrys Bar de París, allá por los años veinte”, dijo la dama, aún oculta por las sombras.   
“¿Y usted con cuál se queda?”, le inquirió él.
“Me encanta París”, respondió mientras le arrebataba la copa y bebía de aquel cóctel.
“¿Puedo invitarle a uno?”, señaló con voz segura, mientras se imaginaba una velada romántica con ese regalo surgido de la noche. “Por favor, camarero, dos bloody mary”.
Pero al girarse para desvelar al fin el secreto de aquel rostro, se vio solo, otra vez como el único cliente de aquel tugurio.  Sin más, apuró la bebida y regresó a la habitación. Antes de acostarse, su vista se posó en el libro, abierto al azar. Leyó:
“Volveré con la próxima tormenta, para que sepas que no eres tú el único que está sufriendo. Podrás verme, pero no ayudarme, al igual que yo a ti, pues tú también vendrás a mí. Volveré con la próxima tormenta para que dejes en ella tus lágrimas, como hemos hecho todos. Volveré con la próxima tormenta para que sepas que no estás solo. Para que sepas que ese día me encontrarás. Y yo a ti”. Y los ojos se le llenaron de esperanza.