lunes, 22 de abril de 2013

Djokovic no engaña

Djokovic ya no engaña, aunque trate de hacerlo consciente o inconscientemente. Lo volvió a intentar en el reciente torneo de Montecarlo, que se adjudicó el pasado domingo derrotando en la final a Nadal. El serbio es el mejor tenista del mundo, según rezan los datos y el ranking de la ATP, y como tal ejerció en el duelo decisivo de la cita monegasca. Incuestionable. Sin embargo, cuatro días antes estuvo a punto de retirarse durante el primer partido que jugaba. Tras perder el primer set ante el ruso Youzhny, requirió asistencia médica y, por sus gestos, el adiós parecía inminente. Además, como su participación en Montecarlo estuvo en duda hasta última hora, debido a un esguince de tobillo sufrido en la eliminatoria de Copa Davis, nadie daba un euro por él. Pero así es Nole. Reanudado el choque contra Youzhny, la recuperación física y mental del jugador fue creciendo hasta el punto de vencer sin problemas a su rival. Al día siguiente, frente a Juan Mónaco, también perdió el primer set y ofrecía síntomas de agotamiento. No pasó de ahí. Ganó al argentino los dos sets siguientes con claridad. A partir de entonces, el torneo se convirtió en una alfombra roja para el tenista de Belgrado, cuyas consecuencias pagaron Nieminen, Fognini y Nadal. Djokovic es un deportista excepcional que ha alcanzado la cima del tenis pese a la dura oposición de Federer, Murray y el propio Nadal. Instalado en el número 1 desde hace casi dos años, con un ligero paréntesis, añade estas dosis actorales a su irreprochable calidad como tenista. Le gusta interpretar, gesticular, tal vez fingir… cuando los partidos se le tuercen sobre la pista. A cambio, es el primero en reconocer los méritos de su oponente o aplaudir los golpes ganadores de éste. Por eso no debemos tenerle en cuenta las actitudes teatrales que nunca acaban en el abandono. Le doy un consejo al lector: cuando vea a Djokovic quejarse, retorcerse de dolor, poner cara de enfermo y pedir la presencia del médico o el fisioterapeuta, no piense que tirará la toalla. Es más, lo más seguro es que no se le escape el triunfo.

lunes, 15 de abril de 2013

La hora de dimitir

De vez en cuando, gustaba de asomarse a la ventana para contemplar el mar. De un tiempo a esta parte, la acumulación de trabajo en el juzgado se había vuelto insoportable. Aquel día, mientras echaba un ojo al informe del ‘caso gaviota’, el último sobre corrupción política, se planteó dimitir. La falta de escrúpulos de los implicados y el trajín laboral estaban a punto de convencerle. Pensó en los argumentos que debería esgrimir ante sus superiores y, sobre todo, ante su esposa, que poco o nada sabía del tema. Observó de nuevo el Cantábrico, respiró hondo y regresó a su mesa para empezar el escrito de desistimiento. La sensación de impotencia se había apaciguado repentinamente.

jueves, 4 de abril de 2013

Como la vida misma

Me despierto, me levanto, me ducho, me visto, voy a la cocina. No hay café. Busco el abrigo, me lo pongo, cojo las llaves, bajo, camino. Entro, pido, me sirven, bebo, leo, pago, salgo. Ando, miro, veo, observo, escucho, me indigno. Me empujan, empujo, me insultan, me enojo, me callo, me lo pienso. Sigo, me relajo, me río, me siento bien. Consulto mi cuenta. Continúo. Las veo, son preciosas, ––qué caray––las compro, me las llevo, entro al portal, subo a casa. No hay jarrón. Adiós flores. Me dispongo a trabajar. Enciendo, no funciona. Me enfado con el técnico, con todos los técnicos... con el mundo. Respiro, observo, sonrío. Ya ha pasado. Telefoneo, me atienden, resuelven: tiene usted que traerlo. Lo cojo, lo entrego, me hacen esperar. Al rato, el diagnóstico: ha muerto. Es un problema, pero no lloro, no grito. Recapacito. Regreso. Busco, encuentro. Salvado. Dos copias de seguridad. Tomo papel y lápiz. Anoto: café, jarrón, ordenador nuevo. Como la vida misma.