lunes, 19 de febrero de 2018

Inventario de una vida


Querido Manuel:
Acabo de terminar el inventario —me ha costado varias semanas, no te creas—, donde he recopilado los bienes comunes de nuestra vida. Me ha quedado una lista preciosa, creo yo, una opinión con la que estarás de acuerdo porque está hecha bajo el prisma de la sinceridad más absoluta. La idea se me ocurrió hace ya tiempo, ordenando la casa, pero los quehaceres diarios —el trabajo en la tienda que me agota, más las labores domésticas— fueron postergando el momento de comenzarlo. Yo quería, pero nunca hallaba la hora de arrancar. Ya sabes que soy un poco dubitativa. Sinceramente, me daba bastante apuro, pero por fin me decidí. Y cuando al fin me decido, lo cumplo, eso también lo sabes perfectamente, ¿verdad Manuel?
Me pareció que no había mejor ocasión ni motivo que la llegada del 40º aniversario, cuarenta años casados, se dice pronto, una celebración muy especial para ambos. Así que me puse manos a la obra, repasé cada rincón del alma, anoté su significado, fecha a fecha, palmo a palmo, y poco a poco fue creciendo esta carta.
¿Qué es lo que mejor une a dos personas? ¿Un beso? Por supuesto, o mejor aún, un puñado de besos. Eso es lo que veo en cada palabra, en cada frase, en cada expresión. Veo un montón de besos. Tantos que hasta llegué a temer quedarme sin espacio en el papel. Son besos que representan la entrega de uno al otro. Como estarás impaciente, aquí está el recuento de lo que compartimos y lo que me cautivó de ti para construir un romance imperecedero:
    La mirada perturbadora que me lanzaste en el momento de conocernos.
    El olor a jabón que desprendían tus manos y que traspasaste a las mías.
    La soltura de tus movimientos, como si hubieras estudiado en una escuela de teatro la manera de comportarte cuando estábamos juntos.
    El leve roce de tus labios antes del primer beso, que invitaban a adentrarnos en un mundo de fantasía.
    Los detalles sorpresa con que llenaste cada uno de los días de nuestro noviazgo.
    La cena en la que me pediste matrimonio, justo a los postres, seguida de un brindis con cava.
    Las lágrimas derramadas aquella misma noche, incontenibles por la emoción que me procuraba una solicitud tan especial.
    Las gotas de lluvia que empapaban nuestros corazones para anunciarnos la llegada inminente de la primavera.
    Los bombones que aparecían por San Valentín en el lugar de trabajo.
    Los ramos de rosas rojas anónimas con las que me enamorabas de nuevo en cada cumpleaños.
    Las promesas viajeras que siempre se cumplieron, gracias a las cuales recorrimos Europa entera.
    El sabor a chocolate con churros de las mañanas de domingo.
    Las dedicatorias románticas a pie de página de las docenas de libros que me regalaste.
    La alegría desbordada por el nacimiento del primer y único hijo.
    El orgullo de unos padres que han visto crecer a la persona que más nos quiere en el mundo.
    Las arrugas que asomaron a nuestros rostros a fuerza de consumir años de felicidad.
    Los recuerdos imposibles que te alejaron sin remedio.
    Los silencios cada vez más prolongados que surgieron con tu enfermedad.

Mejor lo dejo aquí, Manuel. Me supera la emoción y no quiero emborronar las páginas con mis lágrimas. Lástima que aunque leas esta carta, no llegues a comprenderla por culpa de la maldita memoria que te abandonó. 

Te sigue amando.
Tu esposa, Isabel.

* 2º Premio del II Concurso Nacional de Cartas de Amor de Mengíbar

lunes, 29 de enero de 2018

Lección de vida

Era un muchacho idiota, atolondrado y lenguaraz, al que le importaba poco lo que sucediera a su alrededor. Vivía ajeno al mundo, un mundo que quería comerse porque, eso sí, nunca le faltó ambición. No hacía caso a nada ni a nadie, comenzando por los padres, de los que pensaba que no sabían de la misa a la media. Los tenía por ignorantes, mientras que él era el ser más inteligente de la tierra. Iba a clase con la suficiencia del joven que se siente el centro del universo y no necesita lecciones ni consejos, por descontado.
Pero un día sucedió algo terrible. Sucedió a sus 16 años y aquello le cambió el rumbo a su existencia. De la noche a la mañana, se encontró con una pared enfrente que debía escalar, sí o sí. El suicidio de la madre le pilló a contrapié —nadie espera algo así, por muchos casos que se analicen— y tuvo que asumir una responsabilidad inédita. Se convirtió en el hijo mayor que debe ejercer a la vez de padre y madre de sus hermanos, al tiempo que asumir otras obligaciones que ni se le habían pasado nunca por la cabeza. Aquello le hizo fuerte y le dio otro sentido a su vida. Le perdió el miedo porque convivió con la muerte, la sufrió tan de cerca que se dijo que nunca se dejaría arrastrar por ella.
Y así transcurrieron los años, hasta que apareció el cáncer, una enfermedad que asusta y no se cura, sólo permanece dormida. Cuando lo supo, pensó que era un reto, otro más, en su vida. Y como tal lo afrontó, como cualquier otro tal vez, pero siempre firme. A veces se levantaba creyendo que se estaba muriendo, pero otros días el mal le servía de estímulo. El cáncer le ha ayudado porque no le concedió dramatismo. Al contrario, lo consideró una anécdota más, algo poco importante. De algo hay que morir, incluso de cáncer, bromea con asiduidad.
“Desde que naces empiezas a morir, comienza la cuenta hacia el fin. Durarás más o menos, pero es tal cual. No me peleo con él, convivo con él”, proclama a quien le escucha. Busca la normalidad, hacer las cosas que hacía habitualmente. En un principio imaginó que la enfermedad le cambiaría muchas cosas, pero no ha sido así. De hecho, se ha sentido más creativo que nunca, pues ha sido para él una fuente de inspiración. Va al gimnasio, compone, da conciertos, escribe, vive... Sus marcadores tumorales están a cero, el cáncer descansa. Se ve bien, con pelo, y disfruta cada instante.
En definitiva, disfruta y vive, así de sencillo.  
·         Relato libre basado en la experiencia vital de Pau Donés.
#historiasdesuperación

viernes, 26 de enero de 2018

Al final del túnel

Entreabro los ojos sin saber cómo he llegado hasta aquí. Medio adormilado, deduzco que habré pasado la noche de jarana, agarrado alguna curda de campeonato para celebrar la noticia y que tal vez alguno de mis amigos o un buen samaritano me ha colocado en ese vagón de metro rumbo a casa. No me duele la cabeza, sólo presento síntomas de cansancio. Apoyado sobre la barra, ajeno al rumor insistente de conversaciones que flotan en el ambiente, el sopor avanza a través de mi cuerpo. Poco a poco, envuelto en un dulce éxtasis, se me aclaran los pensamientos. Pregunto a un muchacho con gafas oscuras y gorro polar por dónde vamos, pero no me contesta. Pienso que tal vez es sordomudo, hasta percatarme de los auriculares camuflados en sus oídos.
Llevado por la curiosidad, decido matar el tiempo descifrando los rostros de la gente. Hace tanto que no he podido experimentarlo, que siento como un deseo irrefrenable. Siempre me ha gustado escrutar las miradas, imaginar sus destinos a tan temprana hora, cuando la ciudad acelera la marcha. Hoy más que nunca porque estoy de enhorabuena, eufórico. Y descubro entonces a un anciano que reclama en silencio un asiento libre donde depositar sus desnutridos huesos. Nadie parece percatarse. Le rodea un grupo de turistas alemanes, que hacen dificultosa la visión más allá de sus cabezas. Es sencillo adivinar: van al aeropuerto. Hablan como enfadados, aunque más bien debe ser cosa del idioma. Cargados con maletas y mochilas voluminosas, espero que se apeen cuanto antes.
Y entretanto llega ese momento contemplo a decenas de estudiantes que no se dirigen la palabra, con la cabeza agachada, pendientes sólo de sus móviles. Contemplo a hombres de todas las edades que desprenden olor a colonia, señoras que van de compras y señoras que van al trabajo, vendedores de pisos trajeados, jóvenes dependientas, inmigrantes que vinieron a ganarse la vida a este país, mendigos cojos que recorren los vagones suplicando una moneda, cantantes aficionados que también desfilan por los vagones, por si les cae alguna moneda, vigilantes de seguridad con chalecos reflectantes pendientes del orden… es decir, un surtido amplio de representantes de la humanidad congregados bajo tierra. Viajeros de ida, viajeros de ida y vuelta, viajeros de vuelta de todo… Veo a personas leyendo un libro y apenas a dos o tres con periódicos, una costumbre en desuso. Veo un mundo subterráneo que añoraba, con sus pros y sus contras, con los que hoy me siento gratificado.

He llegado. Cuando salgo de la estación, acompañado de una amplia sonrisa, primero suspiro y después alzo la vista para contemplar el cielo, que surge más azul, más intenso, aunque sólo sea una impresión idealizada. Estoy curado del cáncer —lo certifica la última revisión clínica — y me convenzo a mí mismo de que hay luz al final del túnel. Bendita metáfora. A mis espaldas quedan años de lucha contra el mal, de rebelarse contra ella, de exigir una prórroga de vida. Y una cosa tengo clara: ha valido la pena.    
#historiasdesuperación


martes, 2 de enero de 2018

Le llamaron Juanito

John C. Goodman, piloto experimentado del ejército estadounidense, se estrelló a las afueras de Estepa, en la zona del polígono industrial, próximo a la autovía A-92, en la noche de un 24 de diciembre del siglo pasado. Iba a los mandos del F-6969, un revolucionario modelo de avión de combate en pruebas.
Un vecino del pueblo fue el primero en percatarse del accidente, que no ocasionó víctimas aunque sí algunos daños en una de las fábricas de polvorones y mantecados de la localidad. Avisados los equipos de emergencia, sólo pudieron comprobar los destrozos en el aparato, sin que hubiera rastro del piloto.  Las autoridades españolas se pusieron en contacto con las americanas, quienes tras comprobar la autenticidad de la aeronave, el mismo día de Navidad se hicieron cargo de la recogida de los restos del F6969. También se organizaron con urgencia batidas de reconocimiento en busca de John C. (Cookie) Goodman, del que se suponía habría saltado en paracaídas y podría estar por los alrededores.
La noticia del suceso se extendió como la pólvora por la villa y fue portada en los telediarios durante esas Fiestas, mientras proseguían las labores de rescate. Pocos fueron los vecinos del pueblo que quedaron sin entrevistar por los reporteros enviados por las televisiones, radios y periódicos nacionales e incluso extranjeros. Más que si hubiera caído el Gordo de la lotería. Sin embargo, perdida la pista del militar, sólo quedó el misterio. De tarde en tarde, algún lugareño aseguraba haber visto a un personaje extraño por los alrededores, rumores sin fundamento que se difuminaban transcurridas unas cuantas semanas.
Pasó el tiempo y una mañana, durante la ronda habitual, el vigilante de una de las empresas de mantecados de la comarca descubrió una mochila abandonada junto a la zona de descarga de proveedores. Avisada la policía local, se comprobó que no contenía explosivos sino ropa usada de color caqui, una biblia católica y un cepillo de dientes. Al día siguiente, la encargada de la visita guiada a la fábrica encontró en un rincón de la sala de almacenaje, adormilado, a un individuo de casi dos metros, cabello largo, vaqueros desgastados y gafas de sol de una conocida marca americana en la cabeza. Hablaba como si mascara chicle y parecía feliz. Uno de los turistas, profesor de inglés en un colegio de Granada, advirtió que se trataba de un yanqui y se prestó a traducir sus palabras. El tipo recordaba sólo llamarse ‘John algo’ y, además de algunas incoherencias, aseguró que en su vida había probado mejores dulces que los de ese sitio, lo que causó hilaridad entre los presentes.
Según las investigaciones llevadas a cabo con posterioridad, el oficial estadounidense conocía la fábrica como la palma de su mano y había frecuentado las salas de elaboración durante un tiempo indeterminado —se calcula que desde poco después del suceso del avión— para su secreto disfrute. Absuelto de los delitos de allanamiento de morada y hurto, John Cookie Goodman se quedó a vivir en Estepa, donde obtuvo trabajo en el departamento de pruebas y degustación de productos. Se decía que tenía un don especial para mejorar los sabores, en especial los de chocolate, y no fueron pocas las aportaciones que realizó para nuevos mantecados y polvorones. Los lugareños acogieron a ‘Juanito’ con agrado, pues les caramelaba con su forma de hablar y su exquisita educación. Fue un personaje fácilmente reconocible por aquellos lares sevillanos. Cubría siempre la cabeza con un típico sombrero texano, paseaba su larga figura por las calles Mesones y Santa Ana, entre otras, y comía de restaurante para no tener que cocinar, según confesaba él mismo con su inconfundible acento guiri.  Siempre llevaba repletos los bolsillos de mazapanes para repartir entre los niños.

Dicen que con el tiempo se reconcilió con su familia, a la que enviaba grandes cajas de productos típicos por Navidad. Que se sepa, ni Linda, su esposa, ni sus dos hijos salieron de Estados Unidos. Tampoco consta que John regresara a su país ni siquiera de turismo. Falleció viejito, de muerte natural, un 31 de diciembre, lo que causó gran pesar en todo el pueblo, que lo había acogido como un hijo predilecto. El entierro fue una demostración enorme de afecto. En su tumba quedó escrito este epitafio: “Mi vida en Estepa fue una permanente dulce Navidad. Gracias”.
#cuentosdeNavidad

viernes, 29 de diciembre de 2017

Siempre lo intentan

Salgo a tomar el fresco al balcón. El cielo se muestra apacible, despejado, hermoso. En el ambiente flota un extraño y fascinante sosiego. Dedico los siguientes minutos a observar el mar en calma, sopla sólo una ligera brisa, y la curiosidad me lleva a coger unos prismáticos para deleitarme con el paisaje del anochecer. Durante un buen rato intento encontrar el horizonte, pero no surge. Ni rastro de esa línea que delimita el final de lo que el ojo humano puede distinguir. Espero con ilusión, espero con paciencia, espero, nada más… Cuando me canso, me digo a mí mismo: “Qué bonita Nochebuena para pasarla con la familia, al calor del hogar”.
Vuelvo a mirar. Entonces, a lo lejos, diviso algo que se mueve lentamente, por debajo de las estrellas. Una luna llena, plateada y lisa, ilumina la escena proyectándose sobre el mar. Un montón de cabezas asoma tímidamente y al compás de las olas, aparece y desaparece, como si de un juego infantil se tratara. Poco a poco se van acercando. Son ellos, los mismos, los que siempre lo intentan. Los que buscan un mundo mejor atravesando el Estrecho en pateras, los que provocan la aerofobia de los insensibles. Muchos saltan al agua todavía alejados de la orilla, que ganan a nado. Los focos iluminan sus rostros, los señalan como protagonistas del descubrimiento. No tienen escapatoria. Uno a uno, son recogidos exhaustos. Los tapan con mantas —hace un frío que pela— y los tumban en la arena. Al resto acuden a rescatarlos con lanchas. Han sobrevivido y ese es el principal motivo de alegría. Me quedo absorto, pensando en no sé qué. Sí lo sé, claro que lo sé. Pienso en sus caras asustadas, pienso en el mañana,  en dónde estarán mañana. Como si la vida tuviera desenlaces tan bonitos como describen los cuentos de Navidad.

 La llamada de María me saca del trance. Regreso al salón, con la familia, es Nochebuena y comenzamos a cenar, mientras no muy lejos se oyen villancicos. 
#cuentosdeNavidad

miércoles, 8 de noviembre de 2017

En tránsito

El hombre del ataúd se levantó de improviso y reclamó un trago del mejor mezcal. Aunque sorprendidos, los familiares accedieron raudos a su deseo. La viuda, de riguroso luto, no dejaba entre tanto de gimotear, rodeada por las plañideras. Tras apurar la copa, el difunto suspiró, aguardó unos segundos y se soltó la lengua, así que comenzó a hablar con acreditada sapiencia:
    ¡Ay, mi México lindo! Cómo adoro saborear cada una de estas gotas de mezcal, cual si fueran el alivio del sediento. En verdad, me embriago con cada una de sus perlas, que se asemejan a lágrimas de Batavia. ¡Cómo renunciar, no más, a tan deliciosa ambrosía que me concede la vida! Sabed que este brebaje de mis pecados me transporta a un mundo celestial, placentero, eterno…
   Dicho lo cual, se reclinó de nuevo en el féretro, cerró los ojos y se le dio por muerto.

martes, 26 de septiembre de 2017

El tío Facundo

Desde que nací, hace ya tres décadas, vivo en un barrio en el que suceden cosas, algunas de ellas ordinarias y otras diría yo que extraordinarias, y donde es un privilegio ser testigo directo. Por eso me agrada transitar por sus calles y empaparme de sus historias. Somos como un pueblo, donde los vecinos siempre están predispuestos a pasarse las horas frente a ti con tal de que les prestes oídos. Será porque les gusta sentirse importantes, sea verdad o mentira lo que cuenten. Claro que también hay medias verdades y medias mentiras. Hoy les hablaré de uno de ellos, de un vecino singular, que no es otro que el tío Facundo, con el que los chavales —siempre crueles— gastaban guasa tras hacerse famoso el anuncio de las pipas Facundo. Al tío Facundo poca gracia le hacía, pero encajaba las bromas con especial salero. Ya jubilado, gustaba de andar el hombre solo por el barrio, ensimismado como un filósofo en busca de una nueva teoría. Frisaba los setenta y cinco años y aún con todo representaba menos edad que los colegas de su generación que paraban por la peña. Al tío Facundo, sepan ustedes, lo considero un viejete simpático, soñador y fabulista, que se arrancaba sin freno después del segundo anís y era capaz de restregarte hasta el mínimo detalle las cinco copas de Europa del Real Madrid, las primeras, claro.  Eso sí, con abundantes dosis de imaginación. Nadie discutía con él esos episodios irreales que relataba con castiza verborrea, ni siquiera el tío Antonio, un atlético confeso y su enemigo declarado. Los dos formaban parte de la Peña Los Pegaso, cuya sede social radica aún en el bar Casa Pepe. Allí, cada tarde se retaban los carrozas alrededor de un tapete verde y una baraja de naipes o 28 fichas de dominó. Las horas pasaban lentas para estos personajes, un club de ancianos que se dejaron la vista y más de media vida en la fábrica más famosa de camiones del Madrid del siglo pasado. Lo triste es que hayan ido menguando, conforme el tiempo cobra su inexorable factura.
“Necesito desaprender”, dijo un día el tío Facundo alegando sobrepeso en la cabeza. “Tengo la chaveta hasta los topes”, repitió a cuantos le pedían una razón de fundamento. Aunque pocos le creyeron, incluyéndome yo, el caso es que abandonó las charlas vespertinas y se refugió en una afición hasta entonces desacostumbrada. Y es que el tío Facundo se matriculó en el taller de costura de Doña Olga. “Para distraer la mente”, explicó a sus íntimos. Yo más creo que se trataba de otra manera de aprender. Viudo y con un hijo en Bilbao, del que poco se sabía, al tío Facundo le atrajo fundamentalmente la necesidad de reparar las prendas de su exiguo armario, consistentes, a grosso modo, básicamente en tres o cuatro camisas, un par de chaquetas y dos o tres pantalones pasados de moda. Tal vez algún traje también. La noticia, por excepcional, corrió como reguero de pólvora por el barrio y despertó la insana curiosidad de muchos vecinos, que acudieron a comprobarlo. Pocos eran los días en los que no menos de una docena de personas se dejaban caer por los alrededores del taller para comprobar en vivo la nueva dedicación del tío Facundo. Situaba Doña Olga a sus alumnas, las mujeres, tras una amplia cristalera, visible desde el exterior, y en lugar preferente se colocaba a su vez el jubilado, ajeno al bullicio del exterior. Aplicado a sus labores, resultó ser un aprendiz discreto, al que los muchos años y los temblores de manos dificultaron la tarea, es decir, no daba puntadas con hilo, visto lo cual él mismo desistió de proseguir en el corte y confección al cabo de un par de semanas. Doña Olga se llevó un soponcio, pues le había tomado cariño al viejo, del que apreciaba su fuerza de voluntad, aunque ésta estuviera reñida con la eficacia. Para ella suponía un prestigio contar entre el alumnado a una persona de avanzada edad y tan tenaz como el tío Facundo. Sin él, el taller de Doña Olga recobró la rutina de antaño, con las señoras del barrio otra vez como únicas alumnas, por más que la dueña intentara captar a más hombres con ofertas de rebaja de matrícula.
El tío Facundo volvió a Los Pegaso con renovados bríos y más historietas que desbrozar, como si en el intervalo transcurrido se hubiera nutrido de ellas en algún bazar de cuentos al por mayor. Los colegas, salvo el tío Antonio, le recibieron encantados, ansiosos por oír de sus labios algunas de las aventuras más insólitas jamás descritas. Poco importaba la veracidad si contribuían al entretenimiento. Una tarde de canícula infernal de julio pasaba yo por su calle cuando coincidió que salía del portal. “Eh, tío Facundo, qué andas tramando”, le grité con una amplia sonrisa.  Me la devolvió y me dijo: “Venga, chaval, vente a Casa Pepe y charlamos, que me apetece”. El lugar estaba fresquito —los ventiladores funcionaban a pleno pulmón— y ocupamos una de las mesas del fondo. Paco, el dueño, nos saludó al entrar desde la barra. Paco es un encanto, a diferencia de Pepe, el anterior propietario, un tipo antipático y agarrado. Un mal bicho que en buena hora nos dejó en paz. A Paco le pregunto a diario por qué no cambió el nombre del bar y él siempre me contesta, con exquisita educación, que “por no hacerle un feo a Pepe. Además, a mí qué más me daba”. Pedimos dos cafés y un par de anises, a los que Paco añadió unas pastas para acompañar la velada. A los pocos minutos, el tío Facundo y yo nos pegábamos unas risas tratando de descifrar cuestiones intrascendentes como el color de ojos de Isabel Pantoja o si era mejor humorista Gila que Arévalo. Los vapores alcohólicos empezaban a surtirnos efecto a ambos. Le pregunté por su hijo y eludió la respuesta, no sé si por inoportuna o dejación. No insistí. “¿Le gusta la vida que lleva, Facundo?”, me salió del alma. Sospecho que mi intención era hurgar en su mundo interior. Tal vez me sobrepasé. Pero es que el cuarto anís me ayudaba a ser impertinente. “Por supuesto, muchacho, ¿acaso no lo parece?”, respondió con firmeza. “¿Sabes? —se irguió sobre la silla— yo he visto la muerte de cerca, tan de cerca que la muy zorra, a un palmo de los ojos, me exigía el último aliento. Pero no lo hice. Me negué en redondo, tumbado como estaba en el catre y con el pijama dispuesto para dormir.  Y ahora disfruto con esta prórroga que me he ganado. ¡Por supuesto que me la he ganado! Y que me espere sentada la tía de la guadaña, válgame el cielo”. Mudo quedé ante aquella confesión repentina, a la que puso el colofón: “Tengo tantas cosas que hacer aún, que ojalá el día tuviera 25 horas”. El sol del atardecer culebreaba entre sus arrugas y daba movimiento a unas venas inflamadas. Sentado frente a mí, quizá ebrio, acababa de desnudar sus sentimientos. Luego me miró a los ojos con dulzura y esbozó una leve mueca de aprobación.

Al día siguiente, el tío Facundo apareció montado en una bicicleta Orbea del año catapún, recién engrasada eso sí, paseándose por las calles del barrio con el orgullo asomándole por debajo del casco. Había incorporado al vetusto vehículo un cesto de metal en su parte delantera, donde colocó un transistor de antigüedad casi pareja a la del dueño, un aparato rectangular que abarcaba todo el habitáculo. De él surgía la música de Cadena Dial, que podía oírse a corta, media y hasta larga distancia, tal era su volumen,  lo que atrapó las miradas del vecindario y personas de paso, y provocó un chaparrón de risas. El tío Facundo, vestido con un chándal azul fechado en los Juegos Olímpicos de Múnich y un casco verde fosforito, pedaleaba sin fijarse en nada ni nadie, como si el horizonte fuera su línea de meta. Avanzaba derecho, pinturero, emulando a alguno de sus ídolos: Bahamontes, Julio Jiménez, quizá Luis Ocaña...  Es verdad que nunca se olvida, pero apostaría a que habrían transcurrido al menos treinta años desde su última etapa. Porque yo nunca le vi hacerlo. Así empezó a devorar kilómetros y matinales, dando vueltas alrededor de un mundo conocido pero distinto desde su sillín. Por mis sienes creció un sentimiento de afecto que se repartía por el resto del cuerpo. Lo juro. Su imagen desplazándose por las calles, con el viento traspasando su cabello cano, su barba descuidada y su rostro enjuto, pudo verse durante varias semanas. Perseverante, metódico y pausado, era obligado acudir a su encuentro, saludarle y aplaudir su gesta. Primero se convirtió en un icono del barrio, a continuación en un mito. Y el mito se hizo leyenda el día que le vimos abandonar las calles de asfalto, levantar los brazos no sé si en señal de saludo o de despedida, y perderse por el pavés y los senderos de tierra. Lo último que recuerdo fue que en la radio, en su vieja radio, sonaba ‘Libre’, de Nino Bravo.
En mi barrio suceden cosas, algunas de ellas ordinarias.
* Finalista en el XII Certamen de Relato Breve José Luis Gallego (Una mirada de barrio)